sábado, 27 de junio de 2009

Los frutos de la “nacionalización"

Ante la contundencia con que se impuso el engaño, resultan inútiles los esfuerzos que hacen los expertos para hacer oír sus advertencias


Si alguien todavía tenía alguna duda sobre la verdadera naturaleza de la “nacionalización” de los hidrocarburos y, lo que es peor aún, sobre las consecuencias que tal medida traerá para el futuro de nuestro país, es probable que ésta haya sido ya despejada a la luz de las más recientes informaciones que sobre el tema se han publicado.

La manera pueril como se negoció la compra de las acciones que Shell y Ashmore tenían en Transredes; la descarada manera como tal transacción fue presentada, despliegue militar de por medio, como si de un heroico acto se tratara; el silencio cómplice que ante tan burdo engaño mantuvieron mientras les fue conveniente hacerlo los directores de la empresa, son pequeñas muestras de lo lejos que se llevó, en el campo político y propagandístico, lo que en los hechos es una monumental estafa al pueblo boliviano.

Pero nada de lo anterior es en sí mismo grave. Al final de cuentas, es sólo una manifestación más de la manera como se ha hecho de la mentira el pilar fundamental de un proyecto político. Nada que deba sorprender cuando la mitomanía imperante deja sus huellas en todos y cada uno de los pasos que se da en el “proceso de cambio” en curso.

Cuando el asunto adquiere dimensiones dignas de preocupación es cuando se cuantifican sus consecuencias en términos económicos y, mucho peor aún, cuando las cifras se proyectan hacia el porvenir. Lo único que se puede ver al hacer ese ejercicio es un país que se encamina a pasos agigantados desde la pobreza hacia la miseria.

La falta de inversiones externas para la exploración, perforación y explotación de nuevos campos, la malversación de los pocos recursos propios disponibles, la falta de idoneidad profesional de quienes tienen a su cargo la toma de decisiones en el sector hidrocarburìfero son algunos de los factores que no permiten ver con optimismo el futuro.

Pero aún peores son las consecuencias que tales circunstancias ocasionan en nuestra relación con el mundo externo, y principalmente con los principales compradores de nuestros hidrocarburos. Es el caso de Brasil y Argentina que ya planifican su futuro sin contar con el gas boliviano. Y no menos significativas son las inversiones que hacen Trinidad y Tobago, Perú y –el colmo de la paradoja— Venezuela, para copar los mercados que Bolivia está abandonando.

Ante tal panorama, y frente a los impulsos suicidas que por lo visto se han apoderado de la mente de quienes conducen la política hidrocarburífera nacional, resultan inútiles los esfuerzos que hacen los expertos en la materia para hacer oír sus advertencias. En vano se desgañitan tratando de detener la destrucción de la principal fuente de ingresos que todavía tiene nuestro país. Es una muestra más de lo lejos que puede llegar la mitomanía cuando todo un pueblo se hace adicto a ella.

viernes, 26 de junio de 2009

“¡Patria y socialismo o muerte!”

Ante los actos realizados en Venezuela, resulta pertinente preguntar: ¿Estarán los militares bolivianos conscientes de lo que eso significa?

Con esa consigna, Hugo Chávez inauguró el pasado miércoles la parada militar con que todos los años se conmemora la batalla de Carabobo.

El acto, en lo que parece algo más que una casualidad, coincidió con la inauguración de la VI Cumbre Extraordinaria de la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba), integrada por nueve países que se adhieren al proyecto de “Socialismo del Siglo XII” encabezado por el caudillo venezolano.

“¡Patria y socialismo o muerte!” fue la frase pronunciada en tono marcial por el jefe militar que encabezó el desfile desde un carro blindado al pedir permiso para inaugurar el acto. “¡Venceremos!” respondió el presidente venezolano, dando así la señal de de partida para que los representantes de las Fuerzas Armadas de Venezuela, Cuba, Bolivia, Honduras y Nicaragua den testimonio marcial de su adhesión a “una revolución socialista, pacífica pero armada”, que es como fue descrito el proceso encabezado por Hugo Chávez.

La magnitud y elocuente carga simbólica del acto no es algo que pueda ser visto como algo irrelevante. Es que si bien no es la primera vez que se conmemora con un desfile militar la batalla de Carabobo, lo ocurrido en esta ocasión no tiene antecedentes. En lo cualitativo, porque nunca antes se había realizado una parada militar con la participación de representantes de las Fuerzas Armadas de tantos países. Y en lo cuantitativo, porque los 250 vehículos blindados, y las varias decenas de aviones F-16 y de varias flotillas de flamantes Sukhoi, fueron portadores de un mensaje que sólo puede parangonarse con los que eran propios de la guerra fría, en décadas pasadas, o los de Corea del Norte, en los tiempos actuales.

La otra faceta del encuentro de los presidentes que se adhieren a “la Alba”, en contraste, resulta poco relevante. Es que la insignificancia económica de las transacciones económicas entre los integrantes del bloque lo ha hecho merecedor del calificativo de “club de mendigos” aglutinados alrededor de un repartidor de limosnas, descripción que es respaldada por las cifras.

Como se ve, si bien los avances del grupo son económicamente poco menos que nulos, política y militarmente son dignos de la mayor atención. No es un pequeño detalle que los representantes de las Fuerzas Armadas de seis países se cuadren al oír la voz de mando: “¡Patria y socialismo o muerte!” y que lo hagan con una actitud de franca sumisión.

Tampoco es irrelevante el hecho de que en la declaración final de su encuentro los nueve mandatarios hayan expresado su “respaldo a la Revolución Islámica de Irán, a las instituciones de la República Islámica de Irán, y al gobierno del presidente Mahmud Ahmadinejad”.

Ante tales hechos, resulta pertinente preguntar: ¿Estarán los militares bolivianos conscientes de lo que todo eso significa?

jueves, 25 de junio de 2009

Argentina, entre dos caminos


Pocos pueblos del mundo tienen tan claras muestras de lo profundas que pueden llegar a ser las consecuencias de decisiones equivocadas

El próximo domingo, 28 de junio, el pueblo argentino concurrirá a las urnas para renovar parcialmente el Poder Legislativo de su país. Deberán elegir a la mitad de los miembros de la Cámara de Diputados y un tercio de la Cámara de Senadores. Será, además, como suele ocurrir siempre que se realizan elecciones en medio de una gestión gubernamental, una especie de referéndum en el que la ciudadanía evaluará para aprobar o reprobar la gestión de Cristina Fernández de Kirchner.
La principal consecuencia de la decisión que tome el pueblo argentino será la consolidación o no del proyecto político encabezado por el matrimonio Kirchner, el mismo que tiene entre sus principales características el debilitamiento de las instituciones republicanas y su sustitución por la voluntad de una pareja con aspiraciones dinásticas. Así, Argentina tendrá que elegir entre dar más poder a la pareja que los gobierna o reforzar la democracia representativa mediante un apoyo a los candidatos de la oposición.
Por el contexto y la coyuntura internacional en que se realizará el acto electoral del domingo, el resultado que arrojen las urnas tendrá repercusiones en el escenario político continental. Es que lo que está en juego en Argentina es, en gran medida, la posibilidad de que ese país incline la balanza, actualmente en precario equilibrio, entre dos proyectos de futuro que están disputándose la supremacía en esta región del mundo. Se trata del “socialismo del Siglo XXI” encabezado por Hugo Chávez, y el socialismo democrático cuyo principal líder es Luiz Inacio Lula da Silva.
Hasta ahora, en gran medida debido a que el Poder Legislativo logró poner límite a los ímpetus del matrimonio Kirchner y sus seguidores, Argentina se mantuvo navegando entre ambas aguas. No llegó a alinearse de manera inequívoca con el bloque encabezado por Chávez, pero tampoco dio muestras claras de haber optado decididamente por el más moderado camino escogido por Lula en Brasil, y Vásquez en Uruguay.
La importancia de tal disyuntiva es enorme, pero en el caso argentino tiene especial importancia pues. La rapidez con que Argentina pasó de ser uno de los países más prósperos del mundo a engrosar la lista de los países subdesarrollados del planeta, es un claro ejemplo de lo fatales que pueden ser las consecuencias de los extravíos de un pueblo.
El domingo Argentina tendrá que elegir entre continuar retrocediendo por el camino que conduce a la pobreza, o rectificar el rumbo reforzando los límites que hasta ahora han impedido la plena imposición de un régimen contaminado de todos los vicios del caudillismo populista.

Argentina, entre dos caminos


Pocos pueblos del mundo tienen tan claras muestras de lo profundas que pueden llegar a ser las consecuencias de decisiones equivocadas

El próximo domingo, 28 de junio, el pueblo argentino concurrirá a las urnas para renovar parcialmente el Poder Legislativo de su país. Deberán elegir a la mitad de los miembros de la Cámara de Diputados y un tercio de la Cámara de Senadores. Será, además, como suele ocurrir siempre que se realizan elecciones en medio de una gestión gubernamental, una especie de referéndum en el que la ciudadanía evaluará para aprobar o reprobar la gestión de Cristina Fernández de Kirchner.
La principal consecuencia de la decisión que tome el pueblo argentino será la consolidación o no del proyecto político encabezado por el matrimonio Kirchner, el mismo que tiene entre sus principales características el debilitamiento de las instituciones republicanas y su sustitución por la voluntad de una pareja con aspiraciones dinásticas. Así, Argentina tendrá que elegir entre dar más poder a la pareja que los gobierna o reforzar la democracia representativa mediante un apoyo a los candidatos de la oposición.
Por el contexto y la coyuntura internacional en que se realizará el acto electoral del domingo, el resultado que arrojen las urnas tendrá repercusiones en el escenario político continental. Es que lo que está en juego en Argentina es, en gran medida, la posibilidad de que ese país incline la balanza, actualmente en precario equilibrio, entre dos proyectos de futuro que están disputándose la supremacía en esta región del mundo. Se trata del “socialismo del Siglo XXI” encabezado por Hugo Chávez, y el socialismo democrático cuyo principal líder es Luiz Inacio Lula da Silva.
Hasta ahora, en gran medida debido a que el Poder Legislativo logró poner límite a los ímpetus del matrimonio Kirchner y sus seguidores, Argentina se mantuvo navegando entre ambas aguas. No llegó a alinearse de manera inequívoca con el bloque encabezado por Chávez, pero tampoco dio muestras claras de haber optado decididamente por el más moderado camino escogido por Lula en Brasil, y Vásquez en Uruguay.
La importancia de tal disyuntiva es enorme, pero en el caso argentino tiene especial importancia pues. La rapidez con que Argentina pasó de ser uno de los países más prósperos del mundo a engrosar la lista de los países subdesarrollados del planeta, es un claro ejemplo de lo fatales que pueden ser las consecuencias de los extravíos de un pueblo.
El domingo Argentina tendrá que elegir entre continuar retrocediendo por el camino que conduce a la pobreza, o rectificar el rumbo reforzando los límites que hasta ahora han impedido la plena imposición de un régimen contaminado de todos los vicios del caudillismo populista.

miércoles, 24 de junio de 2009

Tiwanaku y la reinvención del pasado

A este paso, nadie deberá sorprenderse si disparates como el del “año nuevo aymara” comienzan a multiplicarse al influjo de los cheques venezolanos

Como era previsible, dadas las dificultades que suelen encontrar en su camino todos los intentos de rescribir la historia de los pueblos, las investigaciones que se realizan en Tiwanaku han comenzado a ser motivo de agrias disputas entre los arqueólogos encargados de conducir las excavaciones y las autoridades “indígena originario campesinas” de la zona.

En lo que parece algo más que una casualidad, el día fijado para celebrar el año nuevo aymara fue el escogido por los comunarios del municipio Tiwanaku para intervenir el centro arqueológico y expulsar a los “intrusos” técnicos de la Unidad Nacional de Arqueología (Unar) que desde hace cinco años tenían a su cargo las excavaciones en la pirámide de Akapana como parte de un proyecto financiado por la CAF y Soboce.

Desde entonces, fue mucho lo que se avanzó en el proyecto de excavación y restauración de la pirámide de templo ceremonial tiwanakota, cuya construcción, según los datos arrojados por las investigaciones, se remonta al año del 1.200 aC. Desde que se iniciaron los trabajos se excavaron alrededor de 8.000 metros cuadrados y se restauraron 3.600. Se hallaron unas cien tumbas en las que se conservan vestigios de entierros rituales, además de miles de piezas de cerámica y piedras talladas, pero nada que satisfaga las expectativas de las autoridades “originarias”.

Pese a la enormidad de la tarea, que contrasta con lo exiguos que son los recursos económicos disponibles, los trabajos estaban bien encaminados y muchos de los principales centros especializados en investigaciones arqueológicas del mundo expresaron su interés en colaborar en el proyecto. Desgraciadamente, como en otros casos, la fatal combinación de ignorancia y mezquindad impidió la participación de gente que exige un mínimo de seriedad.

A pesar de todo, había motivos para alentar la esperanza en la posibilidad de que la pirámide de Akapana, poco a poco, salga a la luz desde el fondo de la tierra y de los siglos para dar testimonio de los logros de quienes construyeron Tiwanaku. Esperanzas que se van desvaneciendo a medida que el asunto cae en manos de quienes han decidido que la historia sea escrita no a la luz de los instrumentos que da la ciencia moderna, sino en función a una “reinvención del pasado” que, obviamente, resulta incompatible con el rigor científico.

En ese contexto, no es sorprendente que los arqueólogos de Unar hayan sido expulsados de Tiwanaku y su lugar ocupado por quienes estén mejor dispuestos a reescribir la historia según las conveniencias propagandísticas del momento. A este paso, nadie deberá sorprenderse si disparates como el del “año nuevo aymara” comienzan a multiplicarse al influjo de los cheques venezolanos que son ahora los que financian las excavaciones de Tiwanaku.

martes, 23 de junio de 2009

Flamantes tradiciones “milenarias”

Es una de esas ocurrencias que pese a no tener ni el más mínimo respaldo en la realidad, están sentando las bases de una “reinvención del futuro”

La decisión del Presidente de la ex República de Bolivia –hoy Estado Plurinacional— de declarar feriado nacional el 21 de junio por ser esa la fecha en la que la “nación aimara” celebra el año nuevo supuestamente desde tiempos inmemoriales, ha dado lugar a múltiples reacciones.

La artillería de argumentos empleada para cuestionar tal medida es de lo más nutrida y diversa. Va desde lo estrictamente legal hasta lo que enseña el estudio de la arqueología, pasando por la historia, la antropología y el sentido común.

Ninguno de los muchos argumentos esgrimidos por expertos en sus respectivas áreas ha sido, sin embargo, suficiente para hacer mella en la decisión presidencial. Es que así como ya a nadie importa que la Constitución Política del Estado en su artículo 49 indique que “sólo la ley regula los feriados y otros derechos sociales”, lo que excluye la posibilidad de que nuevos feriados sean fijados por decretos, tampoco merecen atención los abundantes datos que señalan que el solsticio de invierno no tiene nada, pero absolutamente nada que ver con un recientemente inventado “año nuevo aymara” y muchísimo menos con el año 5518.

Según los entendidos en la materia --que obviamente no son los que se han dado a la tarea de reescribir la historia-- el famoso año nuevo aymara es una “milenaria tradición” cuyo origen se remonta a tiempos tan remotos como aquellos en los que se inventó la “whipala”. Es decir, algo más de veinte años, según los más antiguos vestigios.

Se puede pues suponer que si se hicieran los estudios necesarios para establecer el origen de los “milenarios” símbolos, y “ancestrales conocimientos”, se hallarían sin duda huellas que desembocarían en las mismas imaginativas mentes. Y no serán las de ancianos aymaras inspirados en los achachilas, sino ocurrentes sociólogos europeos o estadounidenses, de esos que a modo de distraerse recorren el mundo comprando “flamantes cosas viejas recién envejecidas”, o descubriendo “milenarias tradiciones recién inventaditas”.

A pesar de ello, algunas de las ocurrencias de moda podrían pasar más o menos desapercibidas por no estar del todo reñidas con un patrimonio común de la humanidad. Es el caso de los festejos del solsticio, un elemento compartido por todos los pueblos de la tierra que han cruzado un cierto umbral en el camino del conocimiento astronómico.

No puede decirse lo mismo de la caprichosa decisión de asignarle al año nuevo inaugurado ayer, el número 5518. Ese sí que es un invento que, por lo absurdo, parece una ridiculización, una burla, una mala broma hecha a costa de un pueblo al que se le ha perdido el respeto. Es una de esas ocurrencias que pese a no tener ni el más mínimo respaldo en la realidad, están sentando las bases de una “reinvención del futuro”.

lunes, 22 de junio de 2009

El mito de la “nacionalización”

Lo único que en los hechos tiene alguna relevancia es que el Gobierno ha logrado poner a su “nacionalización” mucho más allá del bien y del mal

Como si de algo sorprendente se tratara, las denuncias hechas por el ex presidente de YPFB-Transportes han sido recibidas por algunos círculos políticos y periodísticos como si el ex candidato presidencial de NFR hubiera sido el portador de una verdadera revelación. Como era de suponer, algunos aspirantes a candidatos opositores fueron los que con más entusiasmo las recibieron, suponiendo sin duda que algún rédito electoral podrían obtener al sumarse al alboroto originado en las nuevas denuncias.

Sin embargo, una semana ha sido suficiente para que el asunto vuelva al punto de donde salió: la tenebrosa oscuridad donde desde hace tres años se toman las decisiones relativas a la riqueza hidrocarburífera de nuestro país. El autor de las denuncias gozó de unos días de fama y seguramente nadie volverá a acordarse de él.

Que el asunto no haya merecido otra suerte es lo lógico y normal. Es que a estas alturas de la historia de la “nacionalización” ya nadie que esté medianamente informado puede hacer alardes de indignación –sin caer en lo ridículo-- ante una manera de actuar que no es la excepción, sino la regla. Es el caso de la manera como se procedió a comprar las acciones de Shell y Ashmore, procedimiento que en nada se distingue de todo lo hecho en nombre de la “nacionalización” de los hidrocarburos.

Que se trata de un pésimo negocio para el país, es evidente. Que se actuó sin asomo de transparencia, también. Que quienes negociaron en nombre del Estado lo hicieron como neófitos en el asunto, lo que los hizo presa fácil de los representantes de las transnacionales en las negociaciones, es incuestionable. Pero nada de eso es nuevo y mucho menos sorprendente.

Así se explica que al Gobierno le haya resultado tan fácil salir del paso. No importa que hasta ahora nadie haya podido precisar la magnitud del monto de las deudas de Transredes que será asumido por el Estado. Tampoco importa que entre una versión y otra haya algunas decenas de millones de dólares de diferencia. Lo único que en los hechos tiene alguna relevancia es que el Gobierno ha logrado poner a su “nacionalización” mucho más allá del bien y del mal.

Es tan incontrovertible el mito, que está fuera del alcance de cualquier argumento racional. El que se haya llegado a tal punto de confusión es en gran medida atribuible a la eficiencia con que los propagandistas del MAS lograron imponer esa idea, como muchas otras. Pero tanto éxito no hubiera sido posible si, además, no tuvieran al frente una oposición ideológicamente vencida, incapaz de ir más allá de las manifestaciones externas de los problemas. La facilidad con que se soslaya ese monumental fraude que fue todo el proceso de “nacionalización” es una de las claras muestras de lo rotundo que fue el triunfo ideológico del MAS,

domingo, 21 de junio de 2009

El síndrome de la rana hervida

En Bolivia, el papel de ese sistema nervioso confundido y adormecido lo cumplen las élites políticas de la oposición

Con cada día que pasa, decreto tras decreto, arbitrariedad tras arbitrariedad, en Bolivia se va consolidando de manera lenta pero segura un nuevo régimen económico, político y social. Sutilmente, casi sin que se lo note, ya hemos dejado de ser una República para pasar a ser un “Estado Plurincional” y tras ese asunto, aparentemente sólo formal, abundan las muestras de en Bolivia se está produciendo una profunda revolución, un cambio de enormes proporciones; una transformación que dejará muy honda huella en el destino de más de una generación.

Pero si la sutileza con que los cambios se van produciendo es una de las características del proceso, la otra, no menos importante, es la candidez de quienes tendrían que estar a la vanguardia de los sectores de la ciudadanía que no creen que el camino elegido sea el mejor de los posibles. Los “líderes” de la oposición, lejos de advertir la magnitud del desafío que tienen al frente y actuar en consecuencia, son los que con más entusiasmo minimizan el fenómeno político, lo caricaturizan, lo menosprecian y, en algunos casos, lo disfrutan.

¿Cómo se explica tan extraña manera de proceder? Una posible explicación la hallamos en lo que se conoce como el “síndrome de la rana hervida”. Consiste en que si introducimos una rana en una olla de agua caliente, la rana reacciona, da un salto y escapa. Pero si la introducimos en una olla de agua tibia y procedemos a calentarla lentamente, la rana permanece en el agua hasta morir. Es probable, incluso, que en algún momento se adormezca y entre en un plácido sueño del que nunca más despertará.

Se trata de un famoso experimento mediante el que se comprueba la capacidad que tienen los organismos vivos para adaptarse a cambios negativos siempre y cuando éstos no sean tan intensos que activen los mecanismos de defensa. Si los cambios son sutiles, paulatinos, tan leves que no resulten perceptibles, la rana muere sin siquiera haberse enterado de lo que le sucedió. En vez de activarse los mecanismos de defensa se activan inútilmente los de adaptación, pues el sistema nervioso no ha podido interpretar adecuadamente las señales de peligro.

Muy similar es lo que está ocurriendo en la sociedad boliviana. Ya el agua se acerca al punto de ebullición, pero cada grado que aumenta la temperatura sigue siendo percibido como algo tan irrelevante que no motiva al salto salvador.

El papel de ese sistema nervioso confundido y adormecido lo cumplen las élites políticas de la oposición. Quienes tendrían que activar los mecanismos de defensa son, paradójicamente, quienes proponen esperar a que el agua se enfríe; que pase la “sensación térmica” para que, bajo su conducción, todo vuelva a su estado normal. Sin su labor adormecedora, sería más probable una oportuna reacción.