Estaba muy a gusto con las ponencias presentadas dentro del 4º Foro de Escritores Bolivianos, organizado por la fundación Simón I. Patiño—y aprovecho para felicitar a todos los involucrados en la organización del mismo—, hasta que le tocó el turno a Oscar Rivera. Pude soportar la intervención de Rivera por un tiempo, tenía curiosidad por uno de los autores que debía abordar; sin embargo, sus tonterías y comentarios necios, siendo muy suave, no tardaron en ahuyentarme. Me vi obligado a abandonar la sala, lamentando mucho que Oscar Rivera seguiría ahí, difundiendo sus sandeces desde la tribuna. Qué triste. Rivera, docente en Tennesse, EE.UU., corazón del imperialismo, vino con un discurso calcado de los marxistas rococó, haciendo uso del término acuñado por Tom Wolfe en su magnífico ensayo ‘En el país de los marxistas rococó’. Por lo que Rivera no puede ni siquiera reclamar la autoría de sus rebuznos.
Oscar habló de los quinientos años, como buena plañidera. Ya saben, esos quinientos años de conquista, explotación y esas cosas. Esta mala noción está tan extendida que algunos entre los lectores se deben estar preguntando cuál es el problema. Conviene comenzar por la tangente, ¿ha oído usted hablar de los setecientos años de ocupación árabe?, ¿los cien años de genocidio mongol?, ¿los trescientos de la Horda de Oro?, ¿los tres siglos de dominación Manchú?, claro que sí, ¿no? Vaya, tal vez se deba a que estos hechos y fechas son, como dicen los ignorantes, muy lejanos a nuestra realidad, y yo deba buscar ejemplos ‘más locales’. Claro. Ahora sí, no podrá usted, boliviano, negar que le han informado de los seiscientos años, décadas más, décadas menos, de la resistencia aimara, ¿verdad?, habrá, como mínimo, leído sobre los siete siglos de la defensa oriental ante la invasión quechua, o lamentado el genocidio puquina, llorado por la esclavitud de los Urus, ¿no ve? Sé que no.
Las preguntas hacen referencia a guerras y ocupaciones, varias, más prolongadas que los tan cacareados 500 años. Ninguna de ellas se menciona o celebra con tanto patetismo como los quinientos años. Es innegable que el descubrimiento de América, y su posterior ocupación por los poderes europeos, tienen sus particularidades, a la vez que siguen siendo más de lo mismo: guerra. Actividad que ha guiado a la humanidad hasta fechas muy recientes. La única diferencia entre la brutal agresión del imperio Inca, que sufría Sudamérica, y la española, es que los españoles pelearon mejor. Ningún puñado de hombres conquista un imperio, por muy superioridad técnica que tengan, sin el apoyo de fuerzas locales. Pizarro y los suyos derrotaron a los incas, como lo hiciera Cortez en México, esto es, buscando todo el apoyo posible entre los oprimidos, y aliándose con todos los dispuestos a hacerlo. O sea, la culpa no es sólo del otro. Historia conocida.
Y Pizarro y los suyos no hicieron nada diferente a lo que los incas venían haciendo, invadir, matar y conquistar, ni tuvieron más brutalidad que los aimaras, que habían esclavizado a los Urus y prácticamente aniquilado a los Puquinas. Antes de la llegada española al continente, en el norte, la guerra era una actividad común entre los ‘bravos’, como lo fue en el sur, donde ya la cultura de Paracas (700 – 200 A. de C.) exhibía en su arte a sus guerreros sosteniendo las cabezas—sólo las cabezas—de sus enemigos. Entonces, si la guerra, ocupaciones e invasiones, fueron tan comunes a lo largo de la historia, aquí como en el resto del mundo, ¿por qué sólo se lloriquea en Latinoamérica? La respuesta más directa, clara y sincera, sería: por incompetentes, por imitar el mal conocimiento de otros, como lo hace el señor Oscar Rivera.
Verán, pese a quien le pese, Europa se erigió como el centro del mundo desde el final de la edad media (1453), a partir de estos años, en el continente, surgiría poco a poco, un orgullo y una civilización que conquistaría el mundo. Dado que el encontrarse con razas muy distintas a la suya, la denominada caucásica, les hizo darse cuenta de lo que ellos tenían en común, esto también provocó ignorantes y simplistas teorías racistas. Británicos, franceses, holandeses y rusos, manejaron todos, en el siglo XIX, ideas de este tipo. El racismo es difícil de erradicar, y si bien podemos perdonar la ignorancia de estos humanos de hace dos siglos, no deberíamos tener tanta tolerancia para los mensos de hoy en día. Con la caída de los imperios europeos, surgió una moda dentro de Europa, una racista, la de auto flagelarse, culpándose por los males del mundo. Toda esta desubicada retórica, de la que los 500 años de sufrimiento americano es sólo una parte, se debe al racismo inherente en la cultura europea. En su período de dominación, los europeos, en muchos casos, le quitaron a los no-europeos la posibilidad de ser sujetos. Tras su retirada, los europeos todavía rehúsan otorgarles esta posibilidad. O sea, lo que sucede es una reducción de la visión de mundo, donde sólo el blanco puede ser sujeto, cuando hace, o le hacen daño.
Al otorgarse los males del mundo, lo que hicieron algunos intelectuales europeos fue negarle al otro la posibilidad de ser sujeto. Además, te das importancia como ‘actor’ de la historia; aunque sea para lloriquear el mea culpa. Comprendo que los Europeos vean el mundo sólo desde su participación, todos tenemos una noción egocéntrica de la realidad, lo que no entiendo es por qué nosotros debamos hacer lo mismo. Teniendo tantas tonterías propias, ¿es necesario importar tonterías?, ¿no somos capaces de un mínimo discernimiento? Por el momento, como lo demuestra el mono Rivera, la respuesta es: No. Por difundir ideas torpes, hago la solicitud pública, a la fundación Patiño, de no incluir en su memoria del 4º Foro a la participación de Oscar Rivera. Como no estamos en un tiempo que escuche razones y/o argumentos, supongo que no me harán caso. Espero que alguno de ustedes, sí.
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lunes, 14 de septiembre de 2009
jueves, 30 de julio de 2009
La expulsión de nuestros héroes
De lo que se trata es de matar a unos héroes para dar vida a otros, los que representan sólo a los indígenas. Los demás, están de más
Después de haber logrado exitosamente expulsar de las páginas de la historia de las luchas por la independencia a los protomártires chuquisaqueños, el pasado 25 de mayo, y de haber intentado hacer lo mismo, aunque sin tanto éxito, con Pedro Domingo Murillo y quienes con él fueron protagonistas de la insurrección paceña, el 16 de julio, el gobierno ha anunciado cuál será el siguiente paso que dará en el proceso de “descolonización”. Será la expulsión, de los billetes y monedas, de todos los mestizos y criollos para sustituirlos por héroes indígenas.
La instrucción ya ha sido impartida al Banco Central. El ente emisor tiene ahora la misión de hacer imprimir nuevos billetes y acuñar monedas con los rostros de Tupak Katari, Bartolina Sisa, Zarate Willca, Apihuayqui Tumpay y otros líderes indígenas que serán convocados para ocupar el lugar que hasta ahora ocuparon personajes involucrados en la construcción de la ex República de Bolivia.
Además de los héroes indígenas, en los nuevos billetes no deberá aparecer ninguna imagen que se pueda asociar con el pasado republicano, sino los sitios naturales que supuestamente tienen un carácter sagrado para los pueblos indígenas. Y por supuesto, la hoja de coca tendrá un lugar privilegiado.
Otra característica de los nuevos billetes y monedas será, según el proyecto, que en ellos no figure la palabra “república”, de la que se ha hecho todo un símbolo de esos 184 años que se pretenden erradicar de la memoria colectiva. Deberá quedar claro que el dinero es del “Estado Plurinacional”.
A primera vista, puede parecer poco cuestionable la idea de que los líderes indígenas sean incorporados, como un acto de justicia histórica, no sólo en los billetes y monedas sino en todo lo relacionado con una visión más completa de la historia de nuestro país. Es innegable que muchos personajes indígenas no recibieron el lugar que merecían en la historia oficial, y está muy bien que se repare esa injusta exclusión.
Nada habría que objetar, por eso, si la propuesta gubernamental consistiera en complementar la galería de nuestros héroes incluyendo a los hasta ahora excluidos. Lamentablemente no es ese el caso, pues lo que se propone no es incorporarlos “además de” sino “en vez de”. Es decir, lo que se propone es excluir a unos para incluir a otros. Matar los símbolos con los que hasta ahora nos identificamos para dar vida a los nuevos, los que representan sólo a los “indígena originario campesinos”. Los demás, están de más.
De lo que se trata este afán de reescribir la historia y reinventar sus símbolos es algo que el actual Vicepresidente lo ha expuesto claramente en más de una oportunidad. Se trata de “quitarles el alma” a las clases medias, a los “q’aras”, a los “blancoides”. Toda una “revolución cultural” ante la que empalidece la experiencia de la China maoísta.
Después de haber logrado exitosamente expulsar de las páginas de la historia de las luchas por la independencia a los protomártires chuquisaqueños, el pasado 25 de mayo, y de haber intentado hacer lo mismo, aunque sin tanto éxito, con Pedro Domingo Murillo y quienes con él fueron protagonistas de la insurrección paceña, el 16 de julio, el gobierno ha anunciado cuál será el siguiente paso que dará en el proceso de “descolonización”. Será la expulsión, de los billetes y monedas, de todos los mestizos y criollos para sustituirlos por héroes indígenas.
La instrucción ya ha sido impartida al Banco Central. El ente emisor tiene ahora la misión de hacer imprimir nuevos billetes y acuñar monedas con los rostros de Tupak Katari, Bartolina Sisa, Zarate Willca, Apihuayqui Tumpay y otros líderes indígenas que serán convocados para ocupar el lugar que hasta ahora ocuparon personajes involucrados en la construcción de la ex República de Bolivia.
Además de los héroes indígenas, en los nuevos billetes no deberá aparecer ninguna imagen que se pueda asociar con el pasado republicano, sino los sitios naturales que supuestamente tienen un carácter sagrado para los pueblos indígenas. Y por supuesto, la hoja de coca tendrá un lugar privilegiado.
Otra característica de los nuevos billetes y monedas será, según el proyecto, que en ellos no figure la palabra “república”, de la que se ha hecho todo un símbolo de esos 184 años que se pretenden erradicar de la memoria colectiva. Deberá quedar claro que el dinero es del “Estado Plurinacional”.
A primera vista, puede parecer poco cuestionable la idea de que los líderes indígenas sean incorporados, como un acto de justicia histórica, no sólo en los billetes y monedas sino en todo lo relacionado con una visión más completa de la historia de nuestro país. Es innegable que muchos personajes indígenas no recibieron el lugar que merecían en la historia oficial, y está muy bien que se repare esa injusta exclusión.
Nada habría que objetar, por eso, si la propuesta gubernamental consistiera en complementar la galería de nuestros héroes incluyendo a los hasta ahora excluidos. Lamentablemente no es ese el caso, pues lo que se propone no es incorporarlos “además de” sino “en vez de”. Es decir, lo que se propone es excluir a unos para incluir a otros. Matar los símbolos con los que hasta ahora nos identificamos para dar vida a los nuevos, los que representan sólo a los “indígena originario campesinos”. Los demás, están de más.
De lo que se trata este afán de reescribir la historia y reinventar sus símbolos es algo que el actual Vicepresidente lo ha expuesto claramente en más de una oportunidad. Se trata de “quitarles el alma” a las clases medias, a los “q’aras”, a los “blancoides”. Toda una “revolución cultural” ante la que empalidece la experiencia de la China maoísta.
La expulsión de nuestros héroes
De lo que se trata es de matar a unos héroes para dar vida a otros, los que representan sólo a los indígenas. Los demás, están de más
Después de haber logrado exitosamente expulsar de las páginas de la historia de las luchas por la independencia a los protomártires chuquisaqueños, el pasado 25 de mayo, y de haber intentado hacer lo mismo, aunque sin tanto éxito, con Pedro Domingo Murillo y quienes con él fueron protagonistas de la insurrección paceña, el 16 de julio, el gobierno ha anunciado cuál será el siguiente paso que dará en el proceso de “descolonización”. Será la expulsión, de los billetes y monedas, de todos los mestizos y criollos para sustituirlos por héroes indígenas.
La instrucción ya ha sido impartida al Banco Central. El ente emisor tiene ahora la misión de hacer imprimir nuevos billetes y acuñar monedas con los rostros de Tupak Katari, Bartolina Sisa, Zarate Willca, Apihuayqui Tumpay y otros líderes indígenas que serán convocados para ocupar el lugar que hasta ahora ocuparon personajes involucrados en la construcción de la ex República de Bolivia.
Además de los héroes indígenas, en los nuevos billetes no deberá aparecer ninguna imagen que se pueda asociar con el pasado republicano, sino los sitios naturales que supuestamente tienen un carácter sagrado para los pueblos indígenas. Y por supuesto, la hoja de coca tendrá un lugar privilegiado.
Otra característica de los nuevos billetes y monedas será, según el proyecto, que en ellos no figure la palabra “república”, de la que se ha hecho todo un símbolo de esos 184 años que se pretenden erradicar de la memoria colectiva. Deberá quedar claro que el dinero es del “Estado Plurinacional”.
A primera vista, puede parecer poco cuestionable la idea de que los líderes indígenas sean incorporados, como un acto de justicia histórica, no sólo en los billetes y monedas sino en todo lo relacionado con una visión más completa de la historia de nuestro país. Es innegable que muchos personajes indígenas no recibieron el lugar que merecían en la historia oficial, y está muy bien que se repare esa injusta exclusión.
Nada habría que objetar, por eso, si la propuesta gubernamental consistiera en complementar la galería de nuestros héroes incluyendo a los hasta ahora excluidos. Lamentablemente no es ese el caso, pues lo que se propone no es incorporarlos “además de” sino “en vez de”. Es decir, lo que se propone es excluir a unos para incluir a otros. Matar los símbolos con los que hasta ahora nos identificamos para dar vida a los nuevos, los que representan sólo a los “indígena originario campesinos”. Los demás, están de más.
De lo que se trata este afán de reescribir la historia y reinventar sus símbolos es algo que el actual Vicepresidente lo ha expuesto claramente en más de una oportunidad. Se trata de “quitarles el alma” a las clases medias, a los “q’aras”, a los “blancoides”. Toda una “revolución cultural” ante la que empalidece la experiencia de la China maoísta.
Después de haber logrado exitosamente expulsar de las páginas de la historia de las luchas por la independencia a los protomártires chuquisaqueños, el pasado 25 de mayo, y de haber intentado hacer lo mismo, aunque sin tanto éxito, con Pedro Domingo Murillo y quienes con él fueron protagonistas de la insurrección paceña, el 16 de julio, el gobierno ha anunciado cuál será el siguiente paso que dará en el proceso de “descolonización”. Será la expulsión, de los billetes y monedas, de todos los mestizos y criollos para sustituirlos por héroes indígenas.
La instrucción ya ha sido impartida al Banco Central. El ente emisor tiene ahora la misión de hacer imprimir nuevos billetes y acuñar monedas con los rostros de Tupak Katari, Bartolina Sisa, Zarate Willca, Apihuayqui Tumpay y otros líderes indígenas que serán convocados para ocupar el lugar que hasta ahora ocuparon personajes involucrados en la construcción de la ex República de Bolivia.
Además de los héroes indígenas, en los nuevos billetes no deberá aparecer ninguna imagen que se pueda asociar con el pasado republicano, sino los sitios naturales que supuestamente tienen un carácter sagrado para los pueblos indígenas. Y por supuesto, la hoja de coca tendrá un lugar privilegiado.
Otra característica de los nuevos billetes y monedas será, según el proyecto, que en ellos no figure la palabra “república”, de la que se ha hecho todo un símbolo de esos 184 años que se pretenden erradicar de la memoria colectiva. Deberá quedar claro que el dinero es del “Estado Plurinacional”.
A primera vista, puede parecer poco cuestionable la idea de que los líderes indígenas sean incorporados, como un acto de justicia histórica, no sólo en los billetes y monedas sino en todo lo relacionado con una visión más completa de la historia de nuestro país. Es innegable que muchos personajes indígenas no recibieron el lugar que merecían en la historia oficial, y está muy bien que se repare esa injusta exclusión.
Nada habría que objetar, por eso, si la propuesta gubernamental consistiera en complementar la galería de nuestros héroes incluyendo a los hasta ahora excluidos. Lamentablemente no es ese el caso, pues lo que se propone no es incorporarlos “además de” sino “en vez de”. Es decir, lo que se propone es excluir a unos para incluir a otros. Matar los símbolos con los que hasta ahora nos identificamos para dar vida a los nuevos, los que representan sólo a los “indígena originario campesinos”. Los demás, están de más.
De lo que se trata este afán de reescribir la historia y reinventar sus símbolos es algo que el actual Vicepresidente lo ha expuesto claramente en más de una oportunidad. Se trata de “quitarles el alma” a las clases medias, a los “q’aras”, a los “blancoides”. Toda una “revolución cultural” ante la que empalidece la experiencia de la China maoísta.
miércoles, 15 de julio de 2009
Los caballos y el colonialismo
Si de reinventar el pasado y reescribir la historia se trata, es innegable que el concejal alteño tiene toda la razón. Lo demás es puro cuento
Hace algunas semanas, al comentar la decisión gubernamental de declarar feriado nacional el día del “año nuevo aymara”, primero, y la expulsión de los arqueólogos de Tiwanaku para que las excavaciones pasen a ser dirigidas por las “autoridades originarias”, un día después, decíamos que tales actos mostraban cuán absurdos y peligrosos pueden llegar a ser los afanes por reinventar el pasado y reescribir la historia.
“A este paso nadie deberá sorprenderse si disparates como el del “año nuevo aymara” comienzan a multiplicarse”, decíamos el 24 de junio en este espacio editorial, asumiendo que entre lo absurdo y la estupidez hay un pequeño paso, y que como dijo Konrad Adenauer, “si algo “injusto” habría hecho Dios es que habiendo limitado la inteligencia humana, dejó totalmente ilimitada la estupidez”.
No fue necesario esperar mucho tiempo para tener una nueva muestra de lo dicho. Nos la dio un muy conocido e influyente concejal alteño según quien Evo Morales “se burló del pasado y del sufrimiento de los indígenas” al encabezar una caravana ecuestre que partió el lunes de Patacamaya rumbo a la ciudad de La Paz como parte de los festejos de “Bicentenario”.
La explicación es sencilla. Es que según tan celoso defensor de lo auténticamente “indígena originario campesina”, los españoles llegaron a América montados en caballos y Túpac Katari fue descuartizado con cuatro caballos. Por si eso fuera poco, “Napoleón sometió a los pueblos de Europa montado en un caballo blanco”. Y como fue precisamente blanco el caballo que montó Morales, la afrenta fue doble.
Pero no es eso lo peor. Más grave aún es que al encabezar un desfile de caballería Evo Morales se hizo cómplice de una “distorsión de la historia”, pues “el símbolo de los pueblos incas fue la llama y no el caballo”. Lo consecuente, según esa forma de razonar, sería que el presidente dé el ejemplo y encabece un desfile triunfal montando una briosa llama, pero jamás un colonialista corcel. Y las FF.AA. del flamante Estado Plurinacional tendrían que sustituir su actual caballería por una llamerada si no quieren que caiga sobre ellas la sospecha de la traición.
No sería justo, sin embargo, tomar a la ligera tales apreciaciones y mucho menos hacerlas objeto de burla sin considerar el contexto en que se inspiran. Es que lejos de ser fruto de los desvaríos de un individuo, son la más fiel expresión y la más lógica consecuencia del espíritu “descolonizador” que intentan imponer los ideólogos del “proceso de cambio”.
Si de reinventar el pasado y reescribir la historia se trata, hay que reconocer que el concejal alteño tiene toda la razón. Es evidente que no se puede pretender borrar de la memoria colectiva “la larga noche colonial” si al mismo tiempo se monta un caballo. Lo demás es puro cuento, impostura cruel.
Hace algunas semanas, al comentar la decisión gubernamental de declarar feriado nacional el día del “año nuevo aymara”, primero, y la expulsión de los arqueólogos de Tiwanaku para que las excavaciones pasen a ser dirigidas por las “autoridades originarias”, un día después, decíamos que tales actos mostraban cuán absurdos y peligrosos pueden llegar a ser los afanes por reinventar el pasado y reescribir la historia.
“A este paso nadie deberá sorprenderse si disparates como el del “año nuevo aymara” comienzan a multiplicarse”, decíamos el 24 de junio en este espacio editorial, asumiendo que entre lo absurdo y la estupidez hay un pequeño paso, y que como dijo Konrad Adenauer, “si algo “injusto” habría hecho Dios es que habiendo limitado la inteligencia humana, dejó totalmente ilimitada la estupidez”.
No fue necesario esperar mucho tiempo para tener una nueva muestra de lo dicho. Nos la dio un muy conocido e influyente concejal alteño según quien Evo Morales “se burló del pasado y del sufrimiento de los indígenas” al encabezar una caravana ecuestre que partió el lunes de Patacamaya rumbo a la ciudad de La Paz como parte de los festejos de “Bicentenario”.
La explicación es sencilla. Es que según tan celoso defensor de lo auténticamente “indígena originario campesina”, los españoles llegaron a América montados en caballos y Túpac Katari fue descuartizado con cuatro caballos. Por si eso fuera poco, “Napoleón sometió a los pueblos de Europa montado en un caballo blanco”. Y como fue precisamente blanco el caballo que montó Morales, la afrenta fue doble.
Pero no es eso lo peor. Más grave aún es que al encabezar un desfile de caballería Evo Morales se hizo cómplice de una “distorsión de la historia”, pues “el símbolo de los pueblos incas fue la llama y no el caballo”. Lo consecuente, según esa forma de razonar, sería que el presidente dé el ejemplo y encabece un desfile triunfal montando una briosa llama, pero jamás un colonialista corcel. Y las FF.AA. del flamante Estado Plurinacional tendrían que sustituir su actual caballería por una llamerada si no quieren que caiga sobre ellas la sospecha de la traición.
No sería justo, sin embargo, tomar a la ligera tales apreciaciones y mucho menos hacerlas objeto de burla sin considerar el contexto en que se inspiran. Es que lejos de ser fruto de los desvaríos de un individuo, son la más fiel expresión y la más lógica consecuencia del espíritu “descolonizador” que intentan imponer los ideólogos del “proceso de cambio”.
Si de reinventar el pasado y reescribir la historia se trata, hay que reconocer que el concejal alteño tiene toda la razón. Es evidente que no se puede pretender borrar de la memoria colectiva “la larga noche colonial” si al mismo tiempo se monta un caballo. Lo demás es puro cuento, impostura cruel.
miércoles, 24 de junio de 2009
Tiwanaku y la reinvención del pasado
A este paso, nadie deberá sorprenderse si disparates como el del “año nuevo aymara” comienzan a multiplicarse al influjo de los cheques venezolanos
Como era previsible, dadas las dificultades que suelen encontrar en su camino todos los intentos de rescribir la historia de los pueblos, las investigaciones que se realizan en Tiwanaku han comenzado a ser motivo de agrias disputas entre los arqueólogos encargados de conducir las excavaciones y las autoridades “indígena originario campesinas” de la zona.
En lo que parece algo más que una casualidad, el día fijado para celebrar el año nuevo aymara fue el escogido por los comunarios del municipio Tiwanaku para intervenir el centro arqueológico y expulsar a los “intrusos” técnicos de la Unidad Nacional de Arqueología (Unar) que desde hace cinco años tenían a su cargo las excavaciones en la pirámide de Akapana como parte de un proyecto financiado por la CAF y Soboce.
Desde entonces, fue mucho lo que se avanzó en el proyecto de excavación y restauración de la pirámide de templo ceremonial tiwanakota, cuya construcción, según los datos arrojados por las investigaciones, se remonta al año del 1.200 aC. Desde que se iniciaron los trabajos se excavaron alrededor de 8.000 metros cuadrados y se restauraron 3.600. Se hallaron unas cien tumbas en las que se conservan vestigios de entierros rituales, además de miles de piezas de cerámica y piedras talladas, pero nada que satisfaga las expectativas de las autoridades “originarias”.
Pese a la enormidad de la tarea, que contrasta con lo exiguos que son los recursos económicos disponibles, los trabajos estaban bien encaminados y muchos de los principales centros especializados en investigaciones arqueológicas del mundo expresaron su interés en colaborar en el proyecto. Desgraciadamente, como en otros casos, la fatal combinación de ignorancia y mezquindad impidió la participación de gente que exige un mínimo de seriedad.
A pesar de todo, había motivos para alentar la esperanza en la posibilidad de que la pirámide de Akapana, poco a poco, salga a la luz desde el fondo de la tierra y de los siglos para dar testimonio de los logros de quienes construyeron Tiwanaku. Esperanzas que se van desvaneciendo a medida que el asunto cae en manos de quienes han decidido que la historia sea escrita no a la luz de los instrumentos que da la ciencia moderna, sino en función a una “reinvención del pasado” que, obviamente, resulta incompatible con el rigor científico.
En ese contexto, no es sorprendente que los arqueólogos de Unar hayan sido expulsados de Tiwanaku y su lugar ocupado por quienes estén mejor dispuestos a reescribir la historia según las conveniencias propagandísticas del momento. A este paso, nadie deberá sorprenderse si disparates como el del “año nuevo aymara” comienzan a multiplicarse al influjo de los cheques venezolanos que son ahora los que financian las excavaciones de Tiwanaku.
A este paso, nadie deberá sorprenderse si disparates como el del “año nuevo aymara” comienzan a multiplicarse al influjo de los cheques venezolanos
Como era previsible, dadas las dificultades que suelen encontrar en su camino todos los intentos de rescribir la historia de los pueblos, las investigaciones que se realizan en Tiwanaku han comenzado a ser motivo de agrias disputas entre los arqueólogos encargados de conducir las excavaciones y las autoridades “indígena originario campesinas” de la zona.
En lo que parece algo más que una casualidad, el día fijado para celebrar el año nuevo aymara fue el escogido por los comunarios del municipio Tiwanaku para intervenir el centro arqueológico y expulsar a los “intrusos” técnicos de la Unidad Nacional de Arqueología (Unar) que desde hace cinco años tenían a su cargo las excavaciones en la pirámide de Akapana como parte de un proyecto financiado por la CAF y Soboce.
Desde entonces, fue mucho lo que se avanzó en el proyecto de excavación y restauración de la pirámide de templo ceremonial tiwanakota, cuya construcción, según los datos arrojados por las investigaciones, se remonta al año del 1.200 aC. Desde que se iniciaron los trabajos se excavaron alrededor de 8.000 metros cuadrados y se restauraron 3.600. Se hallaron unas cien tumbas en las que se conservan vestigios de entierros rituales, además de miles de piezas de cerámica y piedras talladas, pero nada que satisfaga las expectativas de las autoridades “originarias”.
Pese a la enormidad de la tarea, que contrasta con lo exiguos que son los recursos económicos disponibles, los trabajos estaban bien encaminados y muchos de los principales centros especializados en investigaciones arqueológicas del mundo expresaron su interés en colaborar en el proyecto. Desgraciadamente, como en otros casos, la fatal combinación de ignorancia y mezquindad impidió la participación de gente que exige un mínimo de seriedad.
A pesar de todo, había motivos para alentar la esperanza en la posibilidad de que la pirámide de Akapana, poco a poco, salga a la luz desde el fondo de la tierra y de los siglos para dar testimonio de los logros de quienes construyeron Tiwanaku. Esperanzas que se van desvaneciendo a medida que el asunto cae en manos de quienes han decidido que la historia sea escrita no a la luz de los instrumentos que da la ciencia moderna, sino en función a una “reinvención del pasado” que, obviamente, resulta incompatible con el rigor científico.
En ese contexto, no es sorprendente que los arqueólogos de Unar hayan sido expulsados de Tiwanaku y su lugar ocupado por quienes estén mejor dispuestos a reescribir la historia según las conveniencias propagandísticas del momento. A este paso, nadie deberá sorprenderse si disparates como el del “año nuevo aymara” comienzan a multiplicarse al influjo de los cheques venezolanos que son ahora los que financian las excavaciones de Tiwanaku.
martes, 23 de junio de 2009
Flamantes tradiciones “milenarias”
Es una de esas ocurrencias que pese a no tener ni el más mínimo respaldo en la realidad, están sentando las bases de una “reinvención del futuro”
La decisión del Presidente de la ex República de Bolivia –hoy Estado Plurinacional— de declarar feriado nacional el 21 de junio por ser esa la fecha en la que la “nación aimara” celebra el año nuevo supuestamente desde tiempos inmemoriales, ha dado lugar a múltiples reacciones.
La artillería de argumentos empleada para cuestionar tal medida es de lo más nutrida y diversa. Va desde lo estrictamente legal hasta lo que enseña el estudio de la arqueología, pasando por la historia, la antropología y el sentido común.
Ninguno de los muchos argumentos esgrimidos por expertos en sus respectivas áreas ha sido, sin embargo, suficiente para hacer mella en la decisión presidencial. Es que así como ya a nadie importa que la Constitución Política del Estado en su artículo 49 indique que “sólo la ley regula los feriados y otros derechos sociales”, lo que excluye la posibilidad de que nuevos feriados sean fijados por decretos, tampoco merecen atención los abundantes datos que señalan que el solsticio de invierno no tiene nada, pero absolutamente nada que ver con un recientemente inventado “año nuevo aymara” y muchísimo menos con el año 5518.
Según los entendidos en la materia --que obviamente no son los que se han dado a la tarea de reescribir la historia-- el famoso año nuevo aymara es una “milenaria tradición” cuyo origen se remonta a tiempos tan remotos como aquellos en los que se inventó la “whipala”. Es decir, algo más de veinte años, según los más antiguos vestigios.
Se puede pues suponer que si se hicieran los estudios necesarios para establecer el origen de los “milenarios” símbolos, y “ancestrales conocimientos”, se hallarían sin duda huellas que desembocarían en las mismas imaginativas mentes. Y no serán las de ancianos aymaras inspirados en los achachilas, sino ocurrentes sociólogos europeos o estadounidenses, de esos que a modo de distraerse recorren el mundo comprando “flamantes cosas viejas recién envejecidas”, o descubriendo “milenarias tradiciones recién inventaditas”.
A pesar de ello, algunas de las ocurrencias de moda podrían pasar más o menos desapercibidas por no estar del todo reñidas con un patrimonio común de la humanidad. Es el caso de los festejos del solsticio, un elemento compartido por todos los pueblos de la tierra que han cruzado un cierto umbral en el camino del conocimiento astronómico.
No puede decirse lo mismo de la caprichosa decisión de asignarle al año nuevo inaugurado ayer, el número 5518. Ese sí que es un invento que, por lo absurdo, parece una ridiculización, una burla, una mala broma hecha a costa de un pueblo al que se le ha perdido el respeto. Es una de esas ocurrencias que pese a no tener ni el más mínimo respaldo en la realidad, están sentando las bases de una “reinvención del futuro”.
La decisión del Presidente de la ex República de Bolivia –hoy Estado Plurinacional— de declarar feriado nacional el 21 de junio por ser esa la fecha en la que la “nación aimara” celebra el año nuevo supuestamente desde tiempos inmemoriales, ha dado lugar a múltiples reacciones.
La artillería de argumentos empleada para cuestionar tal medida es de lo más nutrida y diversa. Va desde lo estrictamente legal hasta lo que enseña el estudio de la arqueología, pasando por la historia, la antropología y el sentido común.
Ninguno de los muchos argumentos esgrimidos por expertos en sus respectivas áreas ha sido, sin embargo, suficiente para hacer mella en la decisión presidencial. Es que así como ya a nadie importa que la Constitución Política del Estado en su artículo 49 indique que “sólo la ley regula los feriados y otros derechos sociales”, lo que excluye la posibilidad de que nuevos feriados sean fijados por decretos, tampoco merecen atención los abundantes datos que señalan que el solsticio de invierno no tiene nada, pero absolutamente nada que ver con un recientemente inventado “año nuevo aymara” y muchísimo menos con el año 5518.
Según los entendidos en la materia --que obviamente no son los que se han dado a la tarea de reescribir la historia-- el famoso año nuevo aymara es una “milenaria tradición” cuyo origen se remonta a tiempos tan remotos como aquellos en los que se inventó la “whipala”. Es decir, algo más de veinte años, según los más antiguos vestigios.
Se puede pues suponer que si se hicieran los estudios necesarios para establecer el origen de los “milenarios” símbolos, y “ancestrales conocimientos”, se hallarían sin duda huellas que desembocarían en las mismas imaginativas mentes. Y no serán las de ancianos aymaras inspirados en los achachilas, sino ocurrentes sociólogos europeos o estadounidenses, de esos que a modo de distraerse recorren el mundo comprando “flamantes cosas viejas recién envejecidas”, o descubriendo “milenarias tradiciones recién inventaditas”.
A pesar de ello, algunas de las ocurrencias de moda podrían pasar más o menos desapercibidas por no estar del todo reñidas con un patrimonio común de la humanidad. Es el caso de los festejos del solsticio, un elemento compartido por todos los pueblos de la tierra que han cruzado un cierto umbral en el camino del conocimiento astronómico.
No puede decirse lo mismo de la caprichosa decisión de asignarle al año nuevo inaugurado ayer, el número 5518. Ese sí que es un invento que, por lo absurdo, parece una ridiculización, una burla, una mala broma hecha a costa de un pueblo al que se le ha perdido el respeto. Es una de esas ocurrencias que pese a no tener ni el más mínimo respaldo en la realidad, están sentando las bases de una “reinvención del futuro”.
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