sábado, 12 de septiembre de 2009
El “discreto encanto” picante de “Zona Sur” (Ricardo Bajo H.)
2.- “Zona Sur” se puede disfrutar (y se disfruta) desde varios niveles, desde el corazón y desde el intelecto. Desde el cinéfilo más erudito hasta la persona sensible con el momento político y con nuestra propia sociedad. Desde el espectador que se deleita con la cámara, un personaje más, circular (a ratos mareante, a ratos, “ausente”), con los objetos redondos que adornan la casa (otro gran personaje vivo como el que más), con la cuidada puesta en escena (desde el trabajo excelso de Joaquín Sánchez, en la dirección de arte y diseño, hasta la música sutil de Cergio Prudencio). Desde el blanco impoluto (contraste con la “suciedad” del alma de los protagonistas) a los guiños “inocentes” de Andrés, el personaje del niño (interpretado dulcemente por Nicolás Fernández) que invita a soñar, a inventarse amigos invisibles como “Spielberg” para poder charlar desde su soledad tierna, que convoca a la imaginación, a subirnos a los tejados, a volar, ¿a irse?
3.- “Zona Sur” retrata la caída en desgracia y el desmoronamiento de una familia “jailona” de clase alta de La Paz. Con sus hipocresías consuetudinarias, con sus racismos, sexismos y clasismos a borbotones, con sus miedos e ignorancias, con sus desprecios, con sus burbujas ficticias, con sus mundos de maravilla, con sus esquizofrenias. Con su discreto encanto, otrora tan magistralmente narrado por el genio Buñuel. Personajes encerrados en sí mismos, absortos, paralizados y escondidos detrás de la ventana. Enmudecidos ante el empoderamiento de una clase emergente, orgullosamente chola, que los desplaza, que compra con platita en mano sus refugios de fantasía. Con su cuidado “tempo”, con sus vacíos y ritmos, con sus planos secuencia delicados. Con los cielos nublados y la lluvia, atípicamente paceños, remarcando con énfasis ese toque melancólico, tan bien fotografiado por Paúl de Lumen.
4.- “Zona Sur” es una película con el nuevo sello de Valdivia, pero sobretodo es un filme de personajes (de mujeres), de sentimientos. Todos girando alrededor de la madre, Carola (a la que da vida una creíble Ninón del Castillo), que asiste impotente a un mundo que desaparece, que se resigna al abismo generacional que los separa de sus hijos hedonistas, que contempla despavorida e histérica los cambios que se avecinan (universo “invisible” en el filme que apenas asoma en las escenas del lago). Personaje que mantiene un duelo actoral espléndido (escasos en el cine boliviano), con Wilson (en un papel genialmente interpretado por Pascual Loayza), el empleado aymará, cocinero y “alma pater” de la casa, verdadera y sensible figura paterna.
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Fuente: Opinión
Bolivian Beauty o el relato del encierro (Fadrique Iglesias Mendizábal)
A veces estas promociones, si no están acompañadas de calidad, suelen decepcionar a los espectadores. Este no es el caso. El resultado de Zona Sur es muy positivo.
Cinematográficamente hablando, resultan muy novedosas las tomas móviles de plano continuo que acompañan al espectador durante todo el film, otorgando un hiperrealismo a las secuencias. Algo que, para los más conservadores en cuanto a lenguajes pudiera ser visto como abrumador, complementa, por otra parte, la forma no lineal del relato. Se trata de una cámara que está en constante movimiento circular, digamos que dando vueltas sobre un eje (complejo en cuanto a la producción), inmiscuyéndose, cual voyeur, en las habitaciones y espacios íntimos de los personajes retratados. Ésa parece ser la intención de Valdivia: observar el diario vivir de una familia de clase alta paceña hasta dentro del baño.
Entre las interpretaciones se ven propuestas interesantes como la del niño, la madre (muy buenos Nicolás Fernández y Ninón del Castillo) y con algo de intermitencia los jóvenes que aunque representan bien sus caricaturas, corren el riesgo de bordear lugares comunes y clichés del mundo de la vida “jailona” paceña más allá de Obrajes.
No obstante, el film es una crítica y puesta en evidencia de lacras colonialistas y racistas de las que los bolivianos no hemos logrado desprendernos. El papel del mayordomo (Pascual Loayza), bien interpretado, da más peso a la familia que lo ha contratado que a la suya propia. Una casta que parece darle todo, pero que sin embargo no lo admite en igualdad de ser humano.
También, aportan mucho las metáforas de encierro (las ventanas, las rejas de la casa) en las que la familia se encuentra envuelta.
Una familia matriarcal pero profundamente machista, el mundo onírico de un niño que trata de encontrar un espacio en esa zona artificial en el que aparentemente los hermanos mayores todavía no se encuentran a gusto: el uno, tratando de emigrar a España para ser un filósofo del derecho y la otra, tratando de rehuir esa cultura impuesta siendo disidente del seno materno para abrirse un espacio contestatario como activista junto a su pareja lesbiana.
Por último, la escenificación del cambio social en nuestro país, el paso de las nuevas élites y los ocasos de las que están en decadencia económica y de principios, hace una radiografía de los procesos que nos tocan.
Lo más destacable, que suele ser la gran crítica del cine boliviano, pasa por el sonido y la imagen, facetas en las que Juan Carlos pasa con nota alta: imagen espectacular dotada por su cámara Red Digital, música impecable (obra del incombustible Cergio Prudencio), así como también la fotografía del asiático-americano Paul de Lumen, único artista invitado foráneo, y, por supuesto, el diseño de artes de Sánchez.
El reflejo del espectador en los personajes y en la historia es un logro sobresaliente, que hace posible la entronización del público en la obra. Cada uno logrará penetrar en esa “Zona sur” que todos tenemos en casa.
“Sueño con interpretar a una estrella de rock”
No hay edad ni límites para hacer realidad los sueños, éste es el caso de Ninón del Castillo, quien desde adolescente se imaginó actuando frente a las cámaras. Inesperadamente, la oportunidad le llegó más tarde junto a Cine Nómada. Su talento innato y su entusiasmo le permitieron clasificar en un casting. Pronto se vio debutando frente a las cámaras, pero, además, interpretando el papel protagónico de “Carola” en Zona Sur, la nueva película del director boliviano Juan Carlos Valdivia.
Amante de sus hijos, de la literatura, de la música y, por supuesto, del buen cine. Punto de Encuentro le invita a conocer a esta multifacética mujer.
—¿Había imaginado alguna vez participar en una película nacional?
—Sí, me lo había imaginado antes, pero nunca pensé en interpretar un papel protagónico. Cuando tenía 17 años me invitaron a actuar en un “corto” de ocho minutos, pero mis padres no me dejaron y se me quedó la “espinita” tan adentro, que cuando me ofrecieron hacer el casting para Zona Sur, me acordé de mi primera oferta y me fascinó la idea.
—¿Cómo llegó a ser parte del elenco? ¿Hizo teatro alguna vez?
—Viviana Azcarrunz, una sobrina mía muy querida que trabaja en Cine Nómada, me invitó para hacer el casting, pero jamás pensé que sería para un papel protagónico. Hice varias improvisaciones con otros aspirantes, y mientras más las hacía, más deseos sentía de obtener el papel. No tenía ninguna experiencia en actuación; antes del rodaje, la única formación que tuve fue un taller de actuación que duró una semana. Pero el papel era perfecto para mí, porque era como contar mi propia historia en la Zona Sur de La Paz.
—¿Alguna anécdota que recuerde de la filmación?
—Recuerdo que nos dio un ataque de risa colectiva en la escena del almuerzo, porque todos nos equivocamos al decir nuestras líneas. Patricio, en vez de decir “el lomo está lleno de nervios”, dijo “mi nervio está lleno de lomo”. Wilson dijo “no puede ser joven, he comprado puro nervio sin lomo”, y yo, para rematarla, dije “qué te parece, Carolina, este hotel parece casa de cinco estrellas” en vez de decir “esta casa parece hotel de cinco estrellas”.
—¿Qué es lo que le deja la experiencia de haber participado en Zona Sur?
—Un sentimiento de realización personal muy grande. El haber colmado las expectativas de un extraordinario director, como es Juan Carlos Valdivia, sin tener experiencia alguna como actriz; es un gran logro para mí.
—Cuéntenos sobre su vida personal, ¿es soltera, casada, divorciada?
—Soy divorciada desde hace nueve años, pero tuve la suerte de vivir con mis hijos hasta cuando éstos fueron grandes.
—¿Cuántos hijos tiene?
—Soy madre de cinco increíbles seres. De mayor a menor: Pepe, de 28 años; Estefanía, de 26, y Ninón, de 25. Todos profesionales. Nicolás, de 18 años, está en último año de colegio y Matilde, de 17 años, en la prepromoción.
—¿Cómo se describe a sí misma?
—Soy una persona muy positiva, trabajadora y cariñosa; mi prioridad son mis padres, mis hijos y el resto de mi familia. Salgo adelante de la mejor manera posible ante cualquier obstáculo que se presente. Soy la misma persona siempre, muy abierta, espontánea, amigable y alegre.
—Si pudiera cambiar algo de usted, ¿qué sería?
—Si pudiera cambiar algo, sería mi preparación profesional. En retrospectiva, hubiera terminado una carrera antes de haberme casado.
—¿Qué pasiones tiene, cuales son sus sueños?
—Una de mis pasiones más grandes es la música. Con ella me transporto a lugares y vivencias de mi pasado, me motiva a hacer las cosas con ganas. Sueño con interpretar a una estrella de rock en una próxima película; sueño con ver a todos mis hijos realizados, exitosos y, más que nada, felices.
—¿Qué cualidades valora más y qué es lo que más le disgusta del sexo opuesto?
—Me disgustan el egoísmo, los celos extremos, la mentira, la hipocresía y la falta de compañerismo. Las cualidades que busco en alguien son: que tenga una mente abierta, que sea educado, culto, sensible, alegre, trabajador; que me brinde seguridad, que tenga gusto por la música y el arte; que sepa amar.
—Háblenos sobre su música, sus películas y libros favoritos...
—Mi tipo de música favorita es el rock, tanto en inglés como en español. Algunos de mis grupos favoritos son: The Rolling Stones, U2, Soda Stereo, The White Stripes, Coldplay y The Killers. También me gusta la música electrónica. Siempre trato de estar al día con la música nueva.
Me gustan las películas románticas, biográficas y el cine independiente. En cuestión de literatura, tengo tres libros en mi mesa de noche: la autobiografía de Gabriel García Márquez, Vivir para contarla; Historia de un mal año, un libro que he disfrutado muchísimo, de un escritor sudafricano, Coetzee, y otro del mismo autor, El hombre lento, una historia dramática digna de leerse.
—¿Cuál es su mayor temor?
—Mi mayor temor es la soledad en la vejez.
PERFIL
Nombre: Ninón del Castillo Matkovic
Nacida en: La Paz, 14 de agosto de 1959
Profesión: Actriz, socia y administradora del snack de comida rápida Los Munchies de la zona de Miraflores, en La Paz.
Fuente: http://www.laprensa.com.bo/puntodeencuentro/01-09-09/edicion.php
¿Que es la zona sur? (Yesid Mariaca)
son dueños de una curiosa semblanza del mundo basada en... adivinen? sus padres!...sí si, aquellos que sacrificada y discretamente -y además en grupo- juraron lealtad a generales hoscos, que los necesitaban para comenzar a escalar la cuesta del reino animal, crear sus propias luces en el universo animal de tribu recién conquistada y echar monedas que los jadeantes padres tomaban en nombre de... adivinen, sus hijos!!, los de la zona sur, a quienes enseñaron con los hechos las rusticidades de la domesticación y otras artes menores que oprimen la conciencia, pero engrosan los bolsillos, y después se quejan de que el sistema cayó y que la “comadrita Remedios” hoy llega con una maleta y su aguayo por supuesto y compra sus bienes en efectivo y sin chistar, comprándose el mismo lugar del que antes la miraban los chicos... “los chicos bien", porsupuestísimo.
Retorno. Ignoro, cómo alguien que mira más allá porque ha entrenado su corazón y sus ojos, puede disculpar esa terrible debilidad: de creer que existe un territorio en el que una tribu de falaces blancoides autopredestinados a roles de gerencia social, cree dominar, y quejarse de la pérdida temporal de la gerencia.
Quejarse débilmente, casi como una enseñanza de la que quieren ver cómo la última hija de la crisis del sub-prime americano, porque así, sus vecinos y vecinas, se creen que el papá abyecto tenía depósitos en el extranjero, ya absueltos del montaraz jinete de mujeres casadas y por casarse. Y en realidad, no. Los gastó, gastó toditos los ahorros en proveerles a los hijitos, como dice el director, una educación que los pusiera a salvo de jinetes, de milicos y asociados, que los exprimirían como a él, sin misericordia, mientras entonaban las sagradas notas del himno tutelar: tanto tienes, tanto mostrarás. Tanto perdiste, tanto aparentarás. No es ése el concepto del consejo de Carola?
Cuando el origen está chueco, lo único que puede verse es algo chueco en general.
El “banzerato” y sus varios asociados desde los 70´ conformaron a su medida y gusto la Zona Sur, Equipetrol , La recoleta y otros varios? Y que el único precio que pidieron es discreción, porque los embarazos son varios y suertudos.
Saltando de nuestros bolsillos, de nuestros amores, brotando a borbotones de las lenguas de los desconocidos, escondiéndose de las tapas de los diarios hay una historia en “Zona Sur” y es que el mundo, todos los días nos regala ideas y están ahí, solitas ellas, esperando que alguien las rescate de su vacía condición y las llene de maravillas. Las cante, las vuelva 24 cuadros por segundo, las encienda, las coma, las inunde de pinceladas, las cuente. Mientras pienso qué palabras son las que siguen, releo. Y descubro que typié una obviedad. La más grande del mundo. Es que desde que existe, este planeta Tierra es poción mágica de tinta o página en blanco que ilumina.
Lo que rescataremos de “Zona Sur”, la película, es que no cerremos lo ojos y hagamos de nuestra existencia, y para nosotros, nuestra mejor o peor película, suena cursi pero no me importa, por que si quiero, en éste guión, de repente tengo súper poderes, y si quiero, detrás de mis párpados, viajo en el camión de don Vito y el Brillo, entro a la chichería de Claudina canto, como y tomo, crean o no Los Andes en Dios , más tarde ayudo a vestirse de moreno a Don Gregorio para que baile en su última morenada en Oruro. Y lo demás no me animo a contarlo. Y es que siempre que veo una película, pienso que dentro de ella hay una canción.
Esta no es una discusión abstracta. Frivolidad es el nombre amistoso de la decadencia. No se si JC Valdivia quiso evidenciarla.
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El autor es Comunicador Social
Fuente: Los Tiempos
Retrato íntimo de una familia paceña (Martín Zelaya Sánchez)
Para Juan Carlos Valdivia, en Bolivia y todos los países pequeños y pobres “no tiene sentido hacer cine comercial, porque Hollywood ya tiene copado el mercado”. Es por eso que el cineasta paceño apostó con todo a una película “íntima, muy personal y cien por ciento independiente”: Zona Sur.
En una hermosa casona de Obrajes donde Carola, Wilson, Andrés, Patricio, Bernarda y Marcelina recrean la cotidianidad de una familia de clase alta venida a menos —en la ficción— está el estudio de Cinenómada, la productora de Valdivia donde —en la realidad— con varias tazas de café de por medio el realizador de Jonás y la ballena rosada habló el viernes sobre su tercer filme, 24 horas después de su avant premiere en la Cinemateca Boliviana.
“Era necesario —comenta— hablar de algo que conozco de cerca, ya que me inspiré en personajes conocidos y familiares… este filme tiene muchos elementos confesionales”.
En una lujosa mansión al sur de la ciudad de La Paz, Carola —madre soltera de Patricio (el típico “jailón” e hijito de papá), Bernarda (cerebral y rebelde) y Andrés (niño inquieto y curioso)— se pasa los días intentando mantener el caro nivel de vida de su familia, en tiempos de crisis económica, y siempre de la mano de su fiel mayordomo Wilson. Esta historia filmada en seis meses, en formato digital y con un presupuesto de “algo más de 300.000 dólares” (la quinta parte de American Visa, la anterior cinta de Valdivia) se estrenará el 20 de agosto en los cines 16 de Julio y Cinemateca Boliviana de La Paz; Center de Cochabamba y Santa Cruz, e Imperial de Potosí.
“No es una cinta light como American Visa —asegura— que se puede ver en todo el mundo, y de hecho actualmente se pasa por varios canales de cable”. Y dice no renegar de sus anteriores trabajos, pese a sentir “que ésta es mi primera película de verdad”.
Para lograr Zona Sur, el director tuvo que atravesar por una compleja etapa de “desencantamiento del cine, después de la que creo arrancar una nueva etapa y quiero seguir explorando, pero desde el cine arte, ése más accesible, valioso y para el que sí podemos hallar mercado en Europa y América Latina, donde hay círculos que buscan una opción a Hollywood”.
El nuevo producto de una hora y 50 minutos de duración se filmó en un 95 por ciento en una sola locación —la casa de la zona Sur— y con una cámara de alta tecnología. “Una Red Digital Cinema, que la tenemos desde hace un par de años y que fue la primera de su tipo en Latinoamérica”.
El reparto —tres actores profesionales y el resto debutantes— corrió a cargo de Soledad Ardaya, responsable del casting y la capacitación. “Ésa fue la etapa más larga y difícil. Duró unos diez meses porque fui muy exigente y detallista, al igual que en el sonido y todos los detalles”.
La banda sonora —precisamente— estuvo a cargo de Cergio Prudencio, “un músico de extraordinario talento que concibió, creó y escribió todo, siempre con la película en mente”.
“Estoy empezando a ver cine otra vez —comenta Valdivia— pero con otra óptica, soy más selecto y cuidadoso”. Así, con mucho cuidado y exigencia extrema está trabajada Zona Sur, “una película densa visual e informativamente y hecha totalmente en Bolivia y pensada ante todo para que sea vista por bolivianos”.
Ficha técnica
Título: Zona Sur
País: Bolivia
Dirección
y guión Juan Carlos ValdiviaIntér
Reparto: Ninón del Castillo, Pascual Loayza, Nicolás Fernández, Juan Pablo Koria, Mariana Vargas, Viviana Condori, Luisa de Urioste y Glenda Rodríguez.
Productora: Gabriela Maire
Arte: Joaquín Sánchez
Fotografía: Paul de Lumen
Música: Cergio Prudencio
Fuente: La Prensa
El Sur por cuya existencia reclamaba Joan Manuel Serrat y hacia el cual rumbeaban en tren Los Prisioneros no es por supuesto el mismo Sur sobre el cual vuelca su mirada Juan Carlos Valdivia en esta catarsis introspectiva, que no es tanto una arriesgada incursión en los desvelos de la “gente bien” como una osada puesta en imagen, so pretexto de sacar a luz los trapitos sucios, de los moradores de aquella periferia chic desde donde miran hoy pasar el tren de la historia sin acabar de comprender “cuándo se jodió todo”.
Lo de periferia chic tiene relación con la migración del poder desde los reductos donde antes el país se gestionaba entre bocadillo y bocadillo, en los cocktails que luego los cronistas sociales convertían en las páginas donde se debía estar para existir, hacia otros núcleos que de todos modos acumulaban hace ya rato el grueso de la renta nacional a despecho –como la película señala sin miramientos– de la gesticulación vacía de aquellos que ya sólo intentan conjurar el naufragio asidos al ritual exhausto de tiempos mejores.
El Sur decía, el nuestro, es a contramano de lo que ocurre en el globo y gracias a la impar geografía paceña, el sitio del privilegio. Era, para ser más preciso. De la paradoja geosociológica se nutrió Chuquiago (Antonio Eguino/1977), aquella radiografía hecha a hurtadillas en las postrimerías de la dictadura, dejando aflorar de manera sólo a medias deliberada, ahora lo sabemos, las primeras ondas expansivas de un terremoto que venía desde lo hondo de las cuentas pendientes. Fue la peculiar sensibilidad de “Cacho” Soria la que registró el dato.
Ahora, cuando ya no se trata de una vibración en el sismógrafo sino de un terremoto en curso, es la de Juan Carlos Valdivia la que, con conocimiento de causa de primera mano, instala un microcosmos familiar sobre el cual proyecta su sombra el país en trance de parto. Allí, en ese caserón de la parte “de abajo” de la ciudad, agotando los días en una sucesión de gestos vacíos de sentido y mirando la realidad desde detrás de los vidrios, la familia entera, con la ausencia significativa del padre, siente que el mundo se le escurre de las manos, con la sola excepción del pequeño Andrés, limpio aún de los tics del entorno.
El relato quiere dar cuenta del desacomodo, la perplejidad, la irritación de un grupo social obligado por las circunstancias a hacerse cargo de una cuestión que nunca calculó pudiera acaecer: los indios han resuelto abandonar el sótano para instalarse en el living, y allí están dispuestos a permanecer. De cara a ese factum sobre cuyo devenir ya no tiene manera de influir para regresarlo al cauce antiguo, al grupo sólo le resta buscar un modus vivendi con los otros, enfrentando el handicap de tener que asomarse in extremis a un mundo que había preferido mirar de soslayo y al que definitivamente no comprende.
Esto último la película, concebida como un espejo –al que iconográficamente aluden los muchos espejos diseminados por la casa– lo pone en claro dejando que los diálogos en aymara entre el mozo y la trabajadora del hogar queden sin traducción, obligando a buena parte de los espectadores a cobrar ellos también conciencia del extrañamiento que invade aquel universo que parecía destinado a discurrir incambiado por siempre.
Semejante imposibilidad de penetrar lo desconocido está definitivamente señalado en la única secuencia de exteriores, la del entierro del hijo de Wilson, reducido a una ceremonia en círculo, que la cámara circunda sin atreverse a traspasar, mostrando al grupo de deudos contra un cielo cargado de nubes ominosas, anuncio de tormentas por llegar.
Tal capacidad de síntesis visual para encontrar en la iconografía la carga connotativa básica del relato, hace de Zona Sur un emprendimiento netamente cinematográfico que explora los recursos de puesta en imagen con un atrevimiento en virtud del cual la película marca otro punto de inflexión en la última producción nacional. (Adicionalmente, porque muchas de las hechuras recientes exhibían una desprolijidad que, en varios casos terminaba afectando seriamente la contextura del producto final).
En cambio la película de Valdivia muestra un extremo cuidado por cada detalle del tratamiento narrativo. Es el caso de la elección de los colores del vestuario, con notoria predominancia de los tonos blancos. Viene a ser al mismo tiempo un tributo a Pier Paolo Pasolini y su Teorema (1968), metáfora también acerca de crepúsculos civilizatorios inminentes, tomando al núcleo familiar –célula básica de la estructura social– como significante del desmoronamiento de las certidumbres, una vez que la presencia de un extraño llegado desde fuera corroe los hábitos y pone en entredicho los valores “eternos”, pero también de un signo cromático que remite al sudario, atuendo final de los muertos.
La prolijidad de Valdivia destaca igualmente en el aprovechamiento de los ambientes, de los objetos, de los gestos, en la cuidadosa elección en definitiva de cada uno de los elementos puestos delante de la cámara para aportar a la densificación de lo dicho.
Sin embargo, el gran reto autoimpuesto por el director está en el manejo de la cámara precisamente, construyendo un relato hecho de círculos concéntricos –o viciosos– a través del plano secuencia que encierra el desplazamiento de los personajes en una suerte de atmósfera claustrofóbica, a tono con la incapacidad de seres cogidos en pleno despiste existencial para escapar al agobio de las circunstancias. El recurso funciona bien, aun cuando a momentos se torna reiterativo, aunque ello mismo contribuye a intensificar la sensación de hastío que construye la atmósfera prevaleciente, acorde asimismo al sentido impreso a la trama.
Es a tal grado calculado el manejo de las factibilidades de puesta en imagen, y tan notorio el desequilibrio con el manejo de los diálogos, no siempre a la altura de éste, que en muchos momentos tuve la impresión de que la película pudo haber prescindido de estos últimos sin ver notoriamente disminuido el sentido buscado. En efecto, las réplicas rozan en varias instancias la puerilidad, comprometiendo a ratos la contundencia de este mea culpa tal vez algo tardío.
Era un riesgo previsible: de tanto cuidar las formas se descuidó el talante emotivo de una película fría en definitiva, desvestida de cualquier vibración sentimental. Las secuencias finales, las menos felices y justificadas del relato, no consiguen quebrar tal distancia excesiva entre el director y su materia. Ello a pesar de la soltura de Valdivia para desembarazarse de la falsa moralina que hace de muchos personajes del cine boliviano individuos asexuados, ajenos a esa pulsión humana elemental: el deseo. En la oportunidad el erotismo tiene una bienvenida presencia, ajena a cualquier afán exhibicionista, pero con una firmeza que rompe cánones establecidos y deja planteados nuevos retos para futuras producciones.
El elenco entrega una faena pareja en general, si bien destacan de manera nítida Pascual Loayza en el rol de Wilson, Viviana Condori en el de Marcelina y el pequeño Nicolás Fernández en el de Andrés, cuya autenticidad contrasta con el envaramiento del que no siempre consigue desprenderse el resto.
El balance general es altamente positivo. Con su tercer largo Valdivia redondea una obra de autor de marca inconfundible, contribuyendo a la diversidad de propuestas que plantean una nueva etapa en el cine nuestro, cada una de las cuales podrá interpelar con mayor o menor contundencia a determinados estratos del público. El de Valdivia definitivamente es ese mismo al que desnuda en este su fresco sobre la Bolivia que ya fue.
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El autor es crítico de cine.
Fuente: Pulso.
Zona Sur: el discreto encanto de la burguesía k'ara (Mauricio Souza)
Uno: Zona Sur es la mejor película de Juan Carlos Valdivia a la fecha. Logro no desdeñable en un cine, el boliviano, en el que muchas primeras y segundas obras son lo mejor de sus directores. ¿Pero qué quiere decir "la mejor película de Valdivia"?
Dos: Quiere decir lo siguiente: el talón de Aquiles de sus dos cintas anteriores (Jonás y la ballena rosada de 1995 y American Visa de 2005) se convierte en Zona Sur en secundario. Talón que se podría definir así: débil construcción de un arco narrativo, en tramas obvias, torpes, construidas a partir de saltos, arbitrariedades o escasa sutileza. Porque el mayor talento de Valdivia, como se sabe, reside, como en Aquiles, en otra parte: su amorosa atención a los detalles de la toma. Zona Sur, por su universo y propuesta, prescinde del peso de lo narrativo: no aspira, en otras palabras, a las farsas tragicómicas de Jonás ni al semi-policial de American Visa; se ocupa, más bien, de armar una serie acumulativa de apuntes, escenas casi sueltas que configuran el retrato de una familia y una clase.
Tres: Es más: lo que podrían pensarse los únicos dos hechos narrativos de la película (la venta de la casa y el descubrimiento del sirviente que usa las cremas de ]a señora) son lo flaco en ella: vuelven a la manía (de sus anteriores películas) de presentar soluciones narrativas que ingresan por la ventana, sin mayor preparación o advertencia (es el caso de la venta de la casa) o que acuden a lugares comunes de la paranoia señorial (el viejo truco del mayordomo que "se usa" las cosas de la señora en su ausencia, como esa legión de empleadas que, en la mitología de clase, "se roban, se llevan, se usan, se avivan", etc.). En suma: porque es un retrato de familia trazado a partir de breves situaciones, casi detenidas en el tiempo, Zona Sur funciona. Entre su talento descriptivo y sus debilidades narrativas. Valdivia se las juega esta vez, con inteligencia, por aquello que en su cine sí va a alguna parte: lo descriptivo.
Cuatro: Y si en lo descriptivo encuentra sus mejores momentos, no es casual que Zona Sur apele a una machacona metáfora espacial. Ya desde su título, apunta a construir un espacio: cerrado, cargado de alusiones, claustrofóbico. El uso de mareantes planos secuencia, que giran sin parar alrededor de sus personajes y objetos, responde, suponemos, a ello. Aquí, la referencia obvia es La Nación Clandestina de Jorge Sanjinés: se trata, acaso, de explorar el equivalente de clase de un procedimiento visual que, en la cinta de Sanjinés, es indistinguible de su contenido, referido, claro, a "otra Bolivia" (esa "nación clandestina"). Pero la comparación va hasta por ahí nomás; lo que en la película de Sanjinés es un procedimiento temporal (el plano secuencia articula la memoria, es decir, el presente y los distintos pasados cortos y largos que le dan sentido y profundidad), en la de Valdivia se torna en un asunto de delimitación de espacios, de una clausura cuasi intemporal escasamente articulada a la historia.
Cinco: La casa, por eso, es el personaje principal de la película: depósito de pertenencias y fetiches, de una memoria convertida en colección de chucherías, un conventillo de la alta burguesía que es detalladamente registrado por esa cámara que da vueltas y vueltas sin poder escaparse. Esto era suficiente, pero a Valdivia también se le va la mano: acaso se imagina que entre las vueltas de la cámara y ese otro laberinto que es la casa no tenía suficiente y opta por cargar las tintas alegóricas. De ahí su insistencia con los diversos frascos de vidrio que pueblan la cinta (envases, vasos, peceras, duchas); o los diversos insectos, peces y adolescentes atrapados detrás de esos cristales. Habría que decir(le): Sí, entendemos, estaba ya claro, nos damos cuenta de que "los personajes están como atrapados en su burbuja de segregación sureña". Y, cherry de estos excesos alegóricos, que interrumpen el retrato, nada menos que lo menos logrado de la película: los personajes congelados, apoyando sus manos en los vidrios de la casa, con cara de "nótese la sinrazón existencial de esta clase atrapada".
Seis: Los excesos alegóricos de Zona Sur buscan dejar en claro lo que la película quiere decir. Y lo que dice, sin dejar de ser interesante (y debatible), es conocido: además de postular la asfixiante burbuja que separa a los k'aras con plata, se nos dice que el matriarcado es dominante en Bolivia (no hay un solo k'ara varón en toda la película; el único aymara adulto es el mayordomo); que una nueva clase (la burguesía aymara) está desplazando a la vieja élite, desplazamiento pensado en términos espaciales ("ellos ocupan ahora nuestros barrios, porque están llenos de plata"); que entre "jailones" y "originaríos" se establecen formas de racismo inmersas en la familiaridad, el paternalismo y hasta el cariño; que los vástagos de la vieja clase dominante se caracterizan por su desidia, estupidez y mediocridad o por una teatral distancia (irónica) con respecto a su clase, distancia desmentida sin embargo por su abrumadora complicidad con ella.
Siete: Son diversos los proyectos narrativos que, en Bolivia o fuera, hacen de las burguesías locales su objeto, casi entomológico, de estudio. Aquí, por ejemplo, ya tuvimos el retrato brutal de Rodrigo Bellot en Dependencia sexual (violento, perspicaz, casi perfecto) o esa literatura (pienso en Rodrigo Hasbún, por ejemplo) en la que una clase se imagina a sí misma atrapada en provincia y que, coincidiendo con Valdivia, imagina a los otros como empleadas o empleados domésticos. Desde afuera, sin duda el espectro de la cineasta Lucrecia Martel ronda nuestro cine (y en Zona Sur hay algo de la claustrofobia e incluso del personaje-niño de La ciénega). Pero lo de Valdivia es lo de Valdivia: su acercamiento a esa clase es suave, nostálgico incluso. Es más: es efectivo (la reunión de los amigos del hijo en una pre-farra hogareña; los encuentros amorosos de ese hijo con la novia, que no es sino la madre en otra versión generacional) cuando se olvida un poco de lo que quiere decir (y abandona alegorías o diálogos explicativos).
Ocho: Se podría seguir con algo más del muy liberal "por un lado y por el otro". Pero, como dicen en Santa Cruz, terminemos hablando en pepa: que la película está bien hecha y, en el panorama de nuestro cine, es importante. Que sorprenden en ella los niveles de actuación alcanzados por un elenco de no profesionales que actúan como si lo fueran. Que el cuidado abunda en la película aunque es ese mismo cuidado el que determina sus excesos alegóricos (con sus frascos, vidrios y ambiente o vestuario blancos). Que sus debilidades narrativas son atenuadas por su tino descriptivo. Y que esas debilidades son tales porque se acercan, no se sabe con qué intenciones, a la reproducción de dos mitos señoriales: el de "la chola llena de plata que anda en vagoneta 4x4 y me va a comprar mi casa" y el de la chola que, en mi ausencia, se "usa mi champú". (Y aquí no vale el argumento de "yo conozco a una chola que...": que un celoso enfermizo descubra que su mujer realmente le mete cuernos no lo hace menos enfermo).
Y medio: Nostálgico, generoso, Valdivia parece sugerir un fin de clase. En medio de las paranoias desencadenadas por Evo Morales, creo que ese fin, más que real, es el producto de cierta desazón ficcional-ideológica. Pero si es un fin de clase, bienvenido. Ojalá.
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El autor es periodista y catedrático universitario.
Fuente: Nueva Crónica.
La calle como primera cuna (Revista Sabatino)
La mayoría de los pequeños registrados por instituciones fueron dejados a su suerte por la misma madre, en lugares como basureros, mercados o puertas de casas.
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La indemnización en caso de renuncia
YPFB, devorador de recursos públicos
La decisión del Gobierno de formalizar mediante un contrato el anuncio que ya fue hecho meses atrás, para que YPFB reciba del Banco Central de Bolivia un crédito de 1.000 millones de dólares, monto que saldrá de las Reservas Internacionales Netas (RIN), ha inaugurado una nueva etapa en la economía nacional.
Desde el punto de vista del Gobierno, marca un nuevo hito en el camino que conduce a la independencia económica, la descolonización, la industrialización y el despegue hacia el desarrollo de nuestro país. Para quienes cuestionan esa medida, que son los más renombrados expertos en temas hidrocarburíferos y económicos, en cambio, la disposición sólo puede ocasionar que todos los males de los que hasta hoy fue víctima YPFB sean contagiados al Banco Central. Es que, según sus análisis, nada garantiza que esos recursos sean mejor administrados que los que fueron groseramente despilfarrados desde la “nacionalización” de los hidrocarburos.
Desgraciadamente, dados los antecedentes del tema, abundan los motivos para creer que esta segunda interpretación —la de quienes critican la medida— es la que más se aproxima a la realidad. Más de tres años han sido suficientes para dudar de la eficiencia con que tan cuantiosos recursos serán administrados por una empresa que sólo ha dado malas noticias desde que se hizo cargo de la principal riqueza de nuestro país.
Pero las razones para cuestionar la decisión de transferir a YPFB tanto dinero no son sólo económicas. También quienes todavía se preocupan por el aspecto legal han expuesto las razones que permiten afirmar que el contrato suscrito vulnera normas básicas de la legislación vigente.
Se ha denunciado, por ejemplo, que el contrato en cuestión vulnera de manera flagrante la ley 1670 del BCB, según la cual la institución emisora no puede otorgar créditos al sector público y contraer pasivos contingentes a favor del mismo. Los artículos 22 y 23, de esta ley señalan que las operaciones previstas solamente se dan mediante títulos, valores negociables de deuda pública emitido por el Tesoro de la Nación, en caso de atender casos especiales. Para esos casos especiales, se establece un plazo máximo de un año y se define la emisión de valores como garantías a favor del BCB.
Como si eso fuera poco, la autorización para el crédito se aprobó de manera irregular en una ley específica que es la del Presupuesto que tiene una duración de un año y cuyo contenido, por sentencias constitucionales previas, no puede exceder los límites de la temática presupuestaria de una sola gestión.
Pero como ya es habitual, ni las razones económicas, ni las legales, ni las que dicta el sentido común son suficientes para disuadir al Gobierno de un propósito del que nada bueno se puede esperar. Por el contrario, lo que se puede temer es que la debacle del sector hidrocarburífero sea transmitida al Banco Central, institución que, por lo que se ve, comenzará a ser tratada como la caja chica del Gobierno central.
viernes, 11 de septiembre de 2009
11 de septiembre, un año después
Hace un año, un día como hoy, el 11 de septiembre de 2008, se escribió una de las páginas más funestas de la historia contemporánea de nuestro país. Un año después no se ha aclarado plenamente cómo fue que se produjeron los luctuosos enfrentamientos de Porvenir, en Pando, ni quiénes fueron sus autores intelectuales. Pero el hecho es que independientemente de ello, lo que ocurrió ese día marcó un antes y un después de un proceso que a punto estuvo de desencadenar una feroz guerra civil.
Sobre el asunto hay todavía dos versiones mutuamente excluyentes, cada una defendida por los dos sectores que fueron protagonistas. Según el Gobierno, todo fue resultado de un plan de acción cuidadosamente planificado con el fin último de provocar su derrocamiento. Los grupos cívicos que se le enfrentaron, en cambio, coinciden en que hubo una fría preparación de la violencia pero la atribuyen a los estrategas políticos del oficialismo.
Como suele suceder en estos casos, cuya complejidad no admite explicaciones simplistas, la verdad no puede ser encontrada en las versiones de los involucrados. Son tantos los factores que confluyeron en el desencadenamiento de la violencia que resulta imposible atribuir toda la culpa a una de las partes y tampoco se puede exculpar a ninguna de ellas.
El año transcurrido no es suficiente para juzgar y evaluar cuanto ocurrió ese día desde una perspectiva histórica. Ver el lugar que lo ocurrido en Pando ocupa en esa larga cadena de causas y efectos que son los procesos políticos de largo alcance, como el actual, es algo que habrá que dejar para el futuro.
Por ahora, sólo se cabe recordar que Porvenir y el 11 de septiembre fueron sólo un lugar y un momento en el que se condensó un fenómeno político mucho más amplio en términos temporales y geográficos. Fue la reducción a su mínima expresión de un enfrentamiento que estuvo a punto de tener dimensión nacional, con todo lo que ello hubiese significado.
Lo importante, por ahora, es que, independientemente de los criterios relativos a la legalidad y la justicia, el 11 de septiembre selló el triunfo de una de las partes contendientes, —el Gobierno— y la derrota de la otra —la oposición cívica regional—. Fue tan fulminante el resultado que aún hoy, un año después, son notables sus secuelas.
Como ahora se puede constatar, fue enorme el desacierto de los dirigentes cívicos de los departamentos de la “Media Luna” que se dejaron llevar por las corrientes más radicales, las que sobrestimando sus fuerzas y subestimando las del Gobierno creyeron conveniente optar por la vía de la violencia y dar la espalda a la legalidad democrática. Como lo dijimos en este espacio editorial hace un año, tal decisión fue más que un crimen, un error de esos que en la política y en la guerra tienen un alto precio.
Quienes ahora tienen en sus manos la conducción de la oposición tienen pues la obligación de reflexionar sobre el aniversario que hoy se conmemora, pues desgraciadamente no son pocas las voces que desde sus propias filas insisten en retomar el camino que condujo a tan fatídica fecha.