Paradójicamente, ha sido una de las más destacadas líderes del MAS la que ha propuesto que las mujeres cedan sus espacios a los varones
Cuando ya sólo quedan tres semanas para que se cumpla el plazo que el cronograma electoral establece para la inscripción de los candidatos a la presidencia, vicepresidencia, diputados y senadores, han comenzado a salir a la luz las dificultades que la elaboración de las listas plantea a las organizaciones políticas que se proponen participar en la lid de diciembre próximo.
Tales dificultades afectan tanto a la fórmula del oficialismo como a las muchas en las que se dispersan los esfuerzos de la oposición. Hay, sin embargo, una enorme diferencia entre lo que ocurre en las filas del MAS, que ya está dando los toques finales a sus listas, y lo que mantiene a la oposición sin poder conjurar las pugnas internas que la tienen dividida.
En la oposición, a las enormes dificultades que plantea la abundancia de candidatos a la presidencia se suma la proliferación de aspirantes a un curul parlamentario. Son tantas y tan desmedidas las ambiciones personales que están en juego, que son sin duda un obstáculo para la unidad aún mayor que las aspiraciones de quienes pretenden encabezar las fórmulas que están en gestación.
En las filas del MAS, por su parte, pese a la enorme ventaja que le lleva a la oposición en éste como en otros aspectos de la carrera electoral, las dificultades no son menores. Una muestra de lo anterior es la pugna que se ha desatado pero no entre fracciones dividas por discrepancias políticas o ideológicas, sino por algo más práctico y concreto: las cuotas de género.
Es que según lo establecido por el artículo 9 de la Ley de Régimen Electoral Transitorio, “Las listas de candidatas y candidatos (…) deberán respetar la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres”. Y eso no gusta nada a los varones del MAS que se niegan a compartir con las mujeres la oportunidad de ser protagonistas, desde la “Asamblea Plurinacional”, del “proceso de cambio”.
Paradójicamente, ha sido una de las más destacadas líderes femeninas del MAS la que ha propuesto que las mujeres cedan voluntariamente sus espacios políticos a candidatos varones “porque se sienten poco preparadas”. “Los espacios (para candidatos) nos tienen que buscar a las mujeres y no las mujeres a esos espacios”, ha dicho, lo que con razón ha desencadenado airadas reacciones de las muchas mujeres que aspiran al cincuenta por ciento de la próxima bancada oficialista.
Como se ve, el MAS está ante una nueva oportunidad para mostrar cuán dispuesto está a llevar sus postulados de las declaraciones líricas a la práctica. Sólo que en este caso, además de la voluntad de sus dirigentes, está de por medio la ley. Y ésta es tan clara al respecto, que será muy difícil que, como en ocasiones anteriores, se recurra a triquiñuelas formales para eludir la obligación de dar a las mujeres tanta participación como a los varones.
Los movimientos feministas que apoyan al MAS tienen ahora la palabra.
miércoles, 12 de agosto de 2009
¿Están de más las mujeres del MAS?
Paradójicamente, ha sido una de las más destacadas líderes del MAS la que ha propuesto que las mujeres cedan sus espacios a los varones
Cuando ya sólo quedan tres semanas para que se cumpla el plazo que el cronograma electoral establece para la inscripción de los candidatos a la presidencia, vicepresidencia, diputados y senadores, han comenzado a salir a la luz las dificultades que la elaboración de las listas plantea a las organizaciones políticas que se proponen participar en la lid de diciembre próximo.
Tales dificultades afectan tanto a la fórmula del oficialismo como a las muchas en las que se dispersan los esfuerzos de la oposición. Hay, sin embargo, una enorme diferencia entre lo que ocurre en las filas del MAS, que ya está dando los toques finales a sus listas, y lo que mantiene a la oposición sin poder conjurar las pugnas internas que la tienen dividida.
En la oposición, a las enormes dificultades que plantea la abundancia de candidatos a la presidencia se suma la proliferación de aspirantes a un curul parlamentario. Son tantas y tan desmedidas las ambiciones personales que están en juego, que son sin duda un obstáculo para la unidad aún mayor que las aspiraciones de quienes pretenden encabezar las fórmulas que están en gestación.
En las filas del MAS, por su parte, pese a la enorme ventaja que le lleva a la oposición en éste como en otros aspectos de la carrera electoral, las dificultades no son menores. Una muestra de lo anterior es la pugna que se ha desatado pero no entre fracciones dividas por discrepancias políticas o ideológicas, sino por algo más práctico y concreto: las cuotas de género.
Es que según lo establecido por el artículo 9 de la Ley de Régimen Electoral Transitorio, “Las listas de candidatas y candidatos (…) deberán respetar la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres”. Y eso no gusta nada a los varones del MAS que se niegan a compartir con las mujeres la oportunidad de ser protagonistas, desde la “Asamblea Plurinacional”, del “proceso de cambio”.
Paradójicamente, ha sido una de las más destacadas líderes femeninas del MAS la que ha propuesto que las mujeres cedan voluntariamente sus espacios políticos a candidatos varones “porque se sienten poco preparadas”. “Los espacios (para candidatos) nos tienen que buscar a las mujeres y no las mujeres a esos espacios”, ha dicho, lo que con razón ha desencadenado airadas reacciones de las muchas mujeres que aspiran al cincuenta por ciento de la próxima bancada oficialista.
Como se ve, el MAS está ante una nueva oportunidad para mostrar cuán dispuesto está a llevar sus postulados de las declaraciones líricas a la práctica. Sólo que en este caso, además de la voluntad de sus dirigentes, está de por medio la ley. Y ésta es tan clara al respecto, que será muy difícil que, como en ocasiones anteriores, se recurra a triquiñuelas formales para eludir la obligación de dar a las mujeres tanta participación como a los varones.
Los movimientos feministas que apoyan al MAS tienen ahora la palabra.
Cuando ya sólo quedan tres semanas para que se cumpla el plazo que el cronograma electoral establece para la inscripción de los candidatos a la presidencia, vicepresidencia, diputados y senadores, han comenzado a salir a la luz las dificultades que la elaboración de las listas plantea a las organizaciones políticas que se proponen participar en la lid de diciembre próximo.
Tales dificultades afectan tanto a la fórmula del oficialismo como a las muchas en las que se dispersan los esfuerzos de la oposición. Hay, sin embargo, una enorme diferencia entre lo que ocurre en las filas del MAS, que ya está dando los toques finales a sus listas, y lo que mantiene a la oposición sin poder conjurar las pugnas internas que la tienen dividida.
En la oposición, a las enormes dificultades que plantea la abundancia de candidatos a la presidencia se suma la proliferación de aspirantes a un curul parlamentario. Son tantas y tan desmedidas las ambiciones personales que están en juego, que son sin duda un obstáculo para la unidad aún mayor que las aspiraciones de quienes pretenden encabezar las fórmulas que están en gestación.
En las filas del MAS, por su parte, pese a la enorme ventaja que le lleva a la oposición en éste como en otros aspectos de la carrera electoral, las dificultades no son menores. Una muestra de lo anterior es la pugna que se ha desatado pero no entre fracciones dividas por discrepancias políticas o ideológicas, sino por algo más práctico y concreto: las cuotas de género.
Es que según lo establecido por el artículo 9 de la Ley de Régimen Electoral Transitorio, “Las listas de candidatas y candidatos (…) deberán respetar la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres”. Y eso no gusta nada a los varones del MAS que se niegan a compartir con las mujeres la oportunidad de ser protagonistas, desde la “Asamblea Plurinacional”, del “proceso de cambio”.
Paradójicamente, ha sido una de las más destacadas líderes femeninas del MAS la que ha propuesto que las mujeres cedan voluntariamente sus espacios políticos a candidatos varones “porque se sienten poco preparadas”. “Los espacios (para candidatos) nos tienen que buscar a las mujeres y no las mujeres a esos espacios”, ha dicho, lo que con razón ha desencadenado airadas reacciones de las muchas mujeres que aspiran al cincuenta por ciento de la próxima bancada oficialista.
Como se ve, el MAS está ante una nueva oportunidad para mostrar cuán dispuesto está a llevar sus postulados de las declaraciones líricas a la práctica. Sólo que en este caso, además de la voluntad de sus dirigentes, está de por medio la ley. Y ésta es tan clara al respecto, que será muy difícil que, como en ocasiones anteriores, se recurra a triquiñuelas formales para eludir la obligación de dar a las mujeres tanta participación como a los varones.
Los movimientos feministas que apoyan al MAS tienen ahora la palabra.
martes, 11 de agosto de 2009
Muchos candidatos, ni un líder
Mientras el horizonte visual de los aspirantes candidatos se limite al próximo proceso electoral, será poco lo que de ellos se pueda esperar
Cuando ya falta menos de un mes para que venza el plazo para que se inscriban las fórmulas que lidiarán en las elecciones de diciembre próximo, la impaciencia con que amplios sectores de la ciudadanía esperan el surgimiento de una alternativa al Movimiento al Socialismo se va convirtiendo en angustia y desesperación. Es que mientras el oficialismo avanza a grandes pasos hacia su objetivo de conquistar a través de las urnas el poder absoluto, ninguna de las fracciones en que está dividida la oposición da suficientes señales de vida.
Lejos de ello, con cada día que pasa aumentan los motivos para temer que en Bolivia no están dadas aún las condiciones para que se consolide un proyecto de país alternativo al que ofrece el MAS. Abundan los aspirantes a candidatos pero continúa brillando por su ausencia una fórmula que ofrezca un liderazgo, un ideario y una organización, las tres condiciones imprescindibles para una acción política eficaz.
La inexistencia de un liderazgo que esté a la altura del desafío es la mayor de las debilidades. Ninguno de los aspirantes a candidatos tiene la talla suficiente para ser considerado líder, y eso es muy grave cuando tampoco existen partidos políticos organizados, y mucho menos un conjunto de ideas, una doctrina, que pueda aglutinar a los potenciales electores alrededor de algo más que una figura individual.
La inexistencia de un liderazgo, que contrasta con la abundancia de aspirantes a candidatos, es el reflejo de un fenómeno mucho más profundo que el atribuible a desmedidas ambiciones personales. Es un síntoma más de las dificultades que tiene una parte de la sociedad boliviana, la que no se identifica con el “proceso de cambio”, para comprender, asimilar y afrontar una realidad cuya complejidad supera con mucho las interpretaciones que de ella se suelen hacer.
Como lo muestran sus actos, o la falta de ellos, el horizonte visual de los candidatos de la oposición no abarca más allá del próximo proceso electoral, mientras el oficialismo no exagera cuando sostiene que su plan de acción apunta a los próximos 50 años.
Hace ya más de un siglo y medio Abraham Lincoln reflexionó sobre ese problema. Dijo que mientras lo que le preocupa a un candidato son las próximas elecciones, a un auténtico líder le preocupan las próximas generaciones. Uno tiene la vista fija en el corto plazo y lo rentable para sus aspiraciones personales y las de quienes lo rodean; el otro está mirando a largo plazo, señalando rutas y buscando soluciones a los problemas fundamentales de su país.
Como es fácil constatar, esa diferenciación se ajusta plenamente a lo que ocurre en las filas de la oposición. Los expertos en el “marketing” político han ocupado el lugar de los estadistas, y el cálculo aritmético guía los actos de los aspirantes a candidatos y no la necesidad de abrir un nuevo cauce para el proceso histórico que se desarrolla.
Muchos candidatos, ni un líder
Mientras el horizonte visual de los aspirantes candidatos se limite al próximo proceso electoral, será poco lo que de ellos se pueda esperar
Cuando ya falta menos de un mes para que venza el plazo para que se inscriban las fórmulas que lidiarán en las elecciones de diciembre próximo, la impaciencia con que amplios sectores de la ciudadanía esperan el surgimiento de una alternativa al Movimiento al Socialismo se va convirtiendo en angustia y desesperación. Es que mientras el oficialismo avanza a grandes pasos hacia su objetivo de conquistar a través de las urnas el poder absoluto, ninguna de las fracciones en que está dividida la oposición da suficientes señales de vida.
Lejos de ello, con cada día que pasa aumentan los motivos para temer que en Bolivia no están dadas aún las condiciones para que se consolide un proyecto de país alternativo al que ofrece el MAS. Abundan los aspirantes a candidatos pero continúa brillando por su ausencia una fórmula que ofrezca un liderazgo, un ideario y una organización, las tres condiciones imprescindibles para una acción política eficaz.
La inexistencia de un liderazgo que esté a la altura del desafío es la mayor de las debilidades. Ninguno de los aspirantes a candidatos tiene la talla suficiente para ser considerado líder, y eso es muy grave cuando tampoco existen partidos políticos organizados, y mucho menos un conjunto de ideas, una doctrina, que pueda aglutinar a los potenciales electores alrededor de algo más que una figura individual.
La inexistencia de un liderazgo, que contrasta con la abundancia de aspirantes a candidatos, es el reflejo de un fenómeno mucho más profundo que el atribuible a desmedidas ambiciones personales. Es un síntoma más de las dificultades que tiene una parte de la sociedad boliviana, la que no se identifica con el “proceso de cambio”, para comprender, asimilar y afrontar una realidad cuya complejidad supera con mucho las interpretaciones que de ella se suelen hacer.
Como lo muestran sus actos, o la falta de ellos, el horizonte visual de los candidatos de la oposición no abarca más allá del próximo proceso electoral, mientras el oficialismo no exagera cuando sostiene que su plan de acción apunta a los próximos 50 años.
Hace ya más de un siglo y medio Abraham Lincoln reflexionó sobre ese problema. Dijo que mientras lo que le preocupa a un candidato son las próximas elecciones, a un auténtico líder le preocupan las próximas generaciones. Uno tiene la vista fija en el corto plazo y lo rentable para sus aspiraciones personales y las de quienes lo rodean; el otro está mirando a largo plazo, señalando rutas y buscando soluciones a los problemas fundamentales de su país.
Como es fácil constatar, esa diferenciación se ajusta plenamente a lo que ocurre en las filas de la oposición. Los expertos en el “marketing” político han ocupado el lugar de los estadistas, y el cálculo aritmético guía los actos de los aspirantes a candidatos y no la necesidad de abrir un nuevo cauce para el proceso histórico que se desarrolla.
lunes, 10 de agosto de 2009
Un país en transición
Es irresponsable caer en la autocomplacencia y afirmar, entre quienes detentan el poder, que el cambio está hecho y es perfecto. Y es también desafortunado que algunos sectores, sobre todo políticos, no consigan asimilar que los tiempos que corren son otros
La celebración del aniversario patrio en la ciudad de Sucre, además de marcar el retorno, después de dos años, del Presidente de la República a esa Capital, ha tenido varias connotaciones.
Han pasado tres años desde aquella vez cuando Sucre fue el centro de la atención nacional e internacional con la instalación de la Asamblea Constituyente. Por entonces, la capital de Bolivia era sinónimo de esperanza para el país, de un futuro con igualdad y fraternidad entre bolivianos. Hace tres años que se iniciaba en esa ciudad el cambio por el cual había votado una mayoría de la población, cuyo magno instrumento democrático era la Asamblea Constituyente.
El 6 de agosto último asistíamos a la consolidación de dichos cambios, cuya concreción está reflejada en la Constitución Política del Estado en actual vigencia, aprobada mediante un referéndum, aunque la misma, para un importante segmento de la población boliviana, sea sinónimo de imposición y atropello.
No cabe duda de que el proceso de elaboración y aprobación de la nueva CPE ha llevado al país a una profunda polarización social y política, cuando lo deseable era que la misma nazca como fruto del diálogo y el consenso entre bolivianos. Es por esa misma razón que dichos cambios, que constituyen un avance para unos y un retroceso para otros, hayan generado escenarios de confrontación traducidos, muchas veces, en violencia e inclusive en la muerte de bolivianos y bolivianas.
En este proceso, por demás intrincado y complejo, el punto de no retorno ha sido rebasado con la paulatina entrada en vigencia de la nueva Constitución Política, cuya conducción será ratificada o modificada con los resultados de las elecciones generales previstas para diciembre próximo.
Hay, además, otras reflexiones necesarias en torno a lo que se ha dicho y se ha dejado de decir el pasado 6 de agosto en Sucre.
Es innegable que las reformas han modificado la vida política, social e institucional del país en proporciones que aún no conocemos. Sin embargo, otras esferas tan importantes como la economía no parecen cambiar, peor mejorar. Bolivia sigue siendo un país exportador de pobreza, con miles de migrantes que buscan la fuente de trabajo a miles de kilómetros de su hogar; con niños y niñas que deben alternar el juego con el trabajo; con miles de familias que no pueden cubrir sus necesidades básicas y con una gran parte de la juventud sin idea de su porvenir.
Por todas estas razones es irresponsable caer en la autocomplacencia y afirmar, entre quienes detentan el poder, que el cambio está hecho y es perfecto. Y es también desafortunado que algunos sectores, sobre todo políticos, no consigan asimilar que los tiempos que corren son otros, y que son otros también los valores y destrezas requeridas para el éxito político y social, a diferencia del pasado reciente cuando el origen, la tradición y hasta la cuna solían marcar el destino personal.
Teniendo en cuenta los retos que plantea el futuro, y habiendo visto que el último 6 de agosto fue otra oportunidad perdida para el reencuentro y la reconciliación, es posible afirmar que queda una gran tarea pendiente: que las visiones opuestas de país hagan un esfuerzo para encontrar espacios en común que permitan darle estabilidad y certidumbre al país, en vez de seguir confrontándolo y dividiéndolo.
Un país en transición
Es irresponsable caer en la autocomplacencia y afirmar, entre quienes detentan el poder, que el cambio está hecho y es perfecto. Y es también desafortunado que algunos sectores, sobre todo políticos, no consigan asimilar que los tiempos que corren son otros
La celebración del aniversario patrio en la ciudad de Sucre, además de marcar el retorno, después de dos años, del Presidente de la República a esa Capital, ha tenido varias connotaciones.
Han pasado tres años desde aquella vez cuando Sucre fue el centro de la atención nacional e internacional con la instalación de la Asamblea Constituyente. Por entonces, la capital de Bolivia era sinónimo de esperanza para el país, de un futuro con igualdad y fraternidad entre bolivianos. Hace tres años que se iniciaba en esa ciudad el cambio por el cual había votado una mayoría de la población, cuyo magno instrumento democrático era la Asamblea Constituyente.
El 6 de agosto último asistíamos a la consolidación de dichos cambios, cuya concreción está reflejada en la Constitución Política del Estado en actual vigencia, aprobada mediante un referéndum, aunque la misma, para un importante segmento de la población boliviana, sea sinónimo de imposición y atropello.
No cabe duda de que el proceso de elaboración y aprobación de la nueva CPE ha llevado al país a una profunda polarización social y política, cuando lo deseable era que la misma nazca como fruto del diálogo y el consenso entre bolivianos. Es por esa misma razón que dichos cambios, que constituyen un avance para unos y un retroceso para otros, hayan generado escenarios de confrontación traducidos, muchas veces, en violencia e inclusive en la muerte de bolivianos y bolivianas.
En este proceso, por demás intrincado y complejo, el punto de no retorno ha sido rebasado con la paulatina entrada en vigencia de la nueva Constitución Política, cuya conducción será ratificada o modificada con los resultados de las elecciones generales previstas para diciembre próximo.
Hay, además, otras reflexiones necesarias en torno a lo que se ha dicho y se ha dejado de decir el pasado 6 de agosto en Sucre.
Es innegable que las reformas han modificado la vida política, social e institucional del país en proporciones que aún no conocemos. Sin embargo, otras esferas tan importantes como la economía no parecen cambiar, peor mejorar. Bolivia sigue siendo un país exportador de pobreza, con miles de migrantes que buscan la fuente de trabajo a miles de kilómetros de su hogar; con niños y niñas que deben alternar el juego con el trabajo; con miles de familias que no pueden cubrir sus necesidades básicas y con una gran parte de la juventud sin idea de su porvenir.
Por todas estas razones es irresponsable caer en la autocomplacencia y afirmar, entre quienes detentan el poder, que el cambio está hecho y es perfecto. Y es también desafortunado que algunos sectores, sobre todo políticos, no consigan asimilar que los tiempos que corren son otros, y que son otros también los valores y destrezas requeridas para el éxito político y social, a diferencia del pasado reciente cuando el origen, la tradición y hasta la cuna solían marcar el destino personal.
Teniendo en cuenta los retos que plantea el futuro, y habiendo visto que el último 6 de agosto fue otra oportunidad perdida para el reencuentro y la reconciliación, es posible afirmar que queda una gran tarea pendiente: que las visiones opuestas de país hagan un esfuerzo para encontrar espacios en común que permitan darle estabilidad y certidumbre al país, en vez de seguir confrontándolo y dividiéndolo.
domingo, 9 de agosto de 2009
La “revolución cultural” en marcha
Estamos ante la construcción de uno de los pilares principales de todo régimen totalitario, que consiste en la homogenización de las personas
Hace unos días, como parte de la campaña para “descolonizar” a Bolivia, el gobierno ha anunciado una serie de medidas que se propone aplicar durante los próximos meses para modificar radicalmente todo lo que los ideólogos del régimen consideran que son “símbolos de la dominación colonial”, por otros que representen el nuevo orden social que está en proceso de construcción.
La sustitución de los personajes que actualmente figuran en los billetes y monedas por héroes indígenas, la elaboración de un nuevo calendario de feriados en el que muchas de las fechas que hasta ahora se han celebrado sean sustituidas por otras para recordar el nacimiento o muerte de caudillos indígenas, y el cambio de nombres a calles, avenidas y plazas, son algunas de las se proponen en el plano de lo simbólico.
Además de ellas, hay otras que más allá de su carga ideológica se proponen alcanzar profundos efectos prácticos. Es el caso del proyecto de “depuración administrativa” en el sector público, para lo que se está elaborando un “nuevo perfil del empleado público” que tendrá entre sus principales condiciones el “compromiso con el cambio”.
Según la explicación del Director Nacional de Gestión Pública, los que no encajen en el nuevo modelo de administración del aparato estatal, “obviamente”, no podrán ser parte de él. Sólo podrán ser funcionarios públicos quienes “realmente respondan a esta revolución cultural de las conductas y comportamientos”.
El primer paso hacia esa “revolución cultural” consiste en que se prohibirá el uso de grados académicos. Es decir, nadie podrá anteceder su nombre con términos como Lic. (licenciado) Dr. (doctor), Ing. (Ingeniero) o Mgter. (magíster) y el cargo de un funcionario deberá ser escrito en su membrete en al menos tres idiomas nativos. Ostentar un grado académico será interpretado como un acto discriminador y por lo tanto incompatible con el “nuevo perfil de funcionario público”.
A primera vista, ese conjunto de disposiciones puede parecer sólo efectivo en el plano de lo simbólico, pero poco relevante desde el punto de vista práctico. Sin embargo, resulta evidente que lo que hay tras las inocuas apariencias es algo mucho más serio y profundo. Es el primer paso hacia la construcción de un molde al que deberán ceñirse quienes quieran tener un lugar en el nuevo país. Quienes no se amolden, quienes no adopten las nuevas “conductas y comportamientos”, serán excluidos sin contemplaciones, empezando por la administración pública.
Estamos pues ante la construcción de uno de los pilares principales de todo régimen totalitario, que consiste en la homogenización de las personas para despojarlas de todo rasgo individual. Piezas de un engranaje y no individuos pensantes, y por consiguiente capaces de discrepar, es el ideal hacia el que se pretende avanzar.
Hace unos días, como parte de la campaña para “descolonizar” a Bolivia, el gobierno ha anunciado una serie de medidas que se propone aplicar durante los próximos meses para modificar radicalmente todo lo que los ideólogos del régimen consideran que son “símbolos de la dominación colonial”, por otros que representen el nuevo orden social que está en proceso de construcción.
La sustitución de los personajes que actualmente figuran en los billetes y monedas por héroes indígenas, la elaboración de un nuevo calendario de feriados en el que muchas de las fechas que hasta ahora se han celebrado sean sustituidas por otras para recordar el nacimiento o muerte de caudillos indígenas, y el cambio de nombres a calles, avenidas y plazas, son algunas de las se proponen en el plano de lo simbólico.
Además de ellas, hay otras que más allá de su carga ideológica se proponen alcanzar profundos efectos prácticos. Es el caso del proyecto de “depuración administrativa” en el sector público, para lo que se está elaborando un “nuevo perfil del empleado público” que tendrá entre sus principales condiciones el “compromiso con el cambio”.
Según la explicación del Director Nacional de Gestión Pública, los que no encajen en el nuevo modelo de administración del aparato estatal, “obviamente”, no podrán ser parte de él. Sólo podrán ser funcionarios públicos quienes “realmente respondan a esta revolución cultural de las conductas y comportamientos”.
El primer paso hacia esa “revolución cultural” consiste en que se prohibirá el uso de grados académicos. Es decir, nadie podrá anteceder su nombre con términos como Lic. (licenciado) Dr. (doctor), Ing. (Ingeniero) o Mgter. (magíster) y el cargo de un funcionario deberá ser escrito en su membrete en al menos tres idiomas nativos. Ostentar un grado académico será interpretado como un acto discriminador y por lo tanto incompatible con el “nuevo perfil de funcionario público”.
A primera vista, ese conjunto de disposiciones puede parecer sólo efectivo en el plano de lo simbólico, pero poco relevante desde el punto de vista práctico. Sin embargo, resulta evidente que lo que hay tras las inocuas apariencias es algo mucho más serio y profundo. Es el primer paso hacia la construcción de un molde al que deberán ceñirse quienes quieran tener un lugar en el nuevo país. Quienes no se amolden, quienes no adopten las nuevas “conductas y comportamientos”, serán excluidos sin contemplaciones, empezando por la administración pública.
Estamos pues ante la construcción de uno de los pilares principales de todo régimen totalitario, que consiste en la homogenización de las personas para despojarlas de todo rasgo individual. Piezas de un engranaje y no individuos pensantes, y por consiguiente capaces de discrepar, es el ideal hacia el que se pretende avanzar.
La “revolución cultural” en marcha
Estamos ante la construcción de uno de los pilares principales de todo régimen totalitario, que consiste en la homogenización de las personas
Hace unos días, como parte de la campaña para “descolonizar” a Bolivia, el gobierno ha anunciado una serie de medidas que se propone aplicar durante los próximos meses para modificar radicalmente todo lo que los ideólogos del régimen consideran que son “símbolos de la dominación colonial”, por otros que representen el nuevo orden social que está en proceso de construcción.
La sustitución de los personajes que actualmente figuran en los billetes y monedas por héroes indígenas, la elaboración de un nuevo calendario de feriados en el que muchas de las fechas que hasta ahora se han celebrado sean sustituidas por otras para recordar el nacimiento o muerte de caudillos indígenas, y el cambio de nombres a calles, avenidas y plazas, son algunas de las se proponen en el plano de lo simbólico.
Además de ellas, hay otras que más allá de su carga ideológica se proponen alcanzar profundos efectos prácticos. Es el caso del proyecto de “depuración administrativa” en el sector público, para lo que se está elaborando un “nuevo perfil del empleado público” que tendrá entre sus principales condiciones el “compromiso con el cambio”.
Según la explicación del Director Nacional de Gestión Pública, los que no encajen en el nuevo modelo de administración del aparato estatal, “obviamente”, no podrán ser parte de él. Sólo podrán ser funcionarios públicos quienes “realmente respondan a esta revolución cultural de las conductas y comportamientos”.
El primer paso hacia esa “revolución cultural” consiste en que se prohibirá el uso de grados académicos. Es decir, nadie podrá anteceder su nombre con términos como Lic. (licenciado) Dr. (doctor), Ing. (Ingeniero) o Mgter. (magíster) y el cargo de un funcionario deberá ser escrito en su membrete en al menos tres idiomas nativos. Ostentar un grado académico será interpretado como un acto discriminador y por lo tanto incompatible con el “nuevo perfil de funcionario público”.
A primera vista, ese conjunto de disposiciones puede parecer sólo efectivo en el plano de lo simbólico, pero poco relevante desde el punto de vista práctico. Sin embargo, resulta evidente que lo que hay tras las inocuas apariencias es algo mucho más serio y profundo. Es el primer paso hacia la construcción de un molde al que deberán ceñirse quienes quieran tener un lugar en el nuevo país. Quienes no se amolden, quienes no adopten las nuevas “conductas y comportamientos”, serán excluidos sin contemplaciones, empezando por la administración pública.
Estamos pues ante la construcción de uno de los pilares principales de todo régimen totalitario, que consiste en la homogenización de las personas para despojarlas de todo rasgo individual. Piezas de un engranaje y no individuos pensantes, y por consiguiente capaces de discrepar, es el ideal hacia el que se pretende avanzar.
Hace unos días, como parte de la campaña para “descolonizar” a Bolivia, el gobierno ha anunciado una serie de medidas que se propone aplicar durante los próximos meses para modificar radicalmente todo lo que los ideólogos del régimen consideran que son “símbolos de la dominación colonial”, por otros que representen el nuevo orden social que está en proceso de construcción.
La sustitución de los personajes que actualmente figuran en los billetes y monedas por héroes indígenas, la elaboración de un nuevo calendario de feriados en el que muchas de las fechas que hasta ahora se han celebrado sean sustituidas por otras para recordar el nacimiento o muerte de caudillos indígenas, y el cambio de nombres a calles, avenidas y plazas, son algunas de las se proponen en el plano de lo simbólico.
Además de ellas, hay otras que más allá de su carga ideológica se proponen alcanzar profundos efectos prácticos. Es el caso del proyecto de “depuración administrativa” en el sector público, para lo que se está elaborando un “nuevo perfil del empleado público” que tendrá entre sus principales condiciones el “compromiso con el cambio”.
Según la explicación del Director Nacional de Gestión Pública, los que no encajen en el nuevo modelo de administración del aparato estatal, “obviamente”, no podrán ser parte de él. Sólo podrán ser funcionarios públicos quienes “realmente respondan a esta revolución cultural de las conductas y comportamientos”.
El primer paso hacia esa “revolución cultural” consiste en que se prohibirá el uso de grados académicos. Es decir, nadie podrá anteceder su nombre con términos como Lic. (licenciado) Dr. (doctor), Ing. (Ingeniero) o Mgter. (magíster) y el cargo de un funcionario deberá ser escrito en su membrete en al menos tres idiomas nativos. Ostentar un grado académico será interpretado como un acto discriminador y por lo tanto incompatible con el “nuevo perfil de funcionario público”.
A primera vista, ese conjunto de disposiciones puede parecer sólo efectivo en el plano de lo simbólico, pero poco relevante desde el punto de vista práctico. Sin embargo, resulta evidente que lo que hay tras las inocuas apariencias es algo mucho más serio y profundo. Es el primer paso hacia la construcción de un molde al que deberán ceñirse quienes quieran tener un lugar en el nuevo país. Quienes no se amolden, quienes no adopten las nuevas “conductas y comportamientos”, serán excluidos sin contemplaciones, empezando por la administración pública.
Estamos pues ante la construcción de uno de los pilares principales de todo régimen totalitario, que consiste en la homogenización de las personas para despojarlas de todo rasgo individual. Piezas de un engranaje y no individuos pensantes, y por consiguiente capaces de discrepar, es el ideal hacia el que se pretende avanzar.
Fiestas patrias (Jimena Costa)
Escuché varias veces en estos días que no hay nada que festejar, que todo está peor y que es absurdo celebrar la fundación de la República de Bolivia, al mismo tiempo que hemos “dejado atrás el Estado republicano, colonial y neoliberal”, como dice la nueva Constitución, y de ser así, el 6 de agosto ya no existe. Volvemos a foja cero. ¿También vamos a reinventar el fuego y la rueda? Existe mucho de razón en esas afirmaciones, pero creo que hay múltiples razones para seguir festejando el cumpleaños de la patria:
1) Para pesar de muchos, no se puede dejar atrás el Estado republicano por decreto.
2) Los niños siguen desfilando con escarapelas tricolores y no cuadriculadas.
3) La kantuta sigue tricolor.
4) No se incluyó la hoja de coca en el escudo nacional.
5) Todavía se mantienen las banderas departamentales.
6) Todavía siguen existiendo nueve departamentos.
7) Todavía hay Parlamento.
8) Existen estatutos autonómicos respaldados con el voto popular.
9) Todavía vendemos gas.
10) El superávit casi cubre la deuda pública.
11) Vamos a tener nuevo padrón.
12) El Presidente tendrá que aprender aymara o quechua para cumplir con la CPE (yo también).
13) Todavía existen al menos una docena de Quijotes que quieren tomar las riendas del país.
14) Hay pluralismo y juventud entre los candidatos.
15) No hemos roto relaciones con Perú.
16) Una mujer es Prefecta electa por el voto popular.
17) Todavía tenemos agua.
18) Todavía llegan turistas…
Hay muchas más cosas que festejar, son dos siglos de razones acumuladas y, aunque en algunos momentos puedan sentir que estamos retrocediendo, también hemos avanzado:
1) Antes había muchos bolivianos que no se identificaban con el Estado boliviano; hoy sí se identifican con él y debemos lograr que eso se mantenga más allá del turno de un gobierno.
2) Antes no nos preocupaba mucho la democracia; ahora que sus instituciones están en riesgo, la defendemos.
3) Antes no nos rasgábamos las vestiduras por la nación boliviana; ahora que hay 36 naciones y la boliviana no aparece, la extrañamos.
4) Antes éramos República, ahora también pero con más ganas.
5) Antes sólo nos interesaba el Estado para plantearle demandas, hoy nos interesa que sus instituciones funcionen.
Entre otros temas, es importante resaltar que la crisis se ha profundizado de tal forma que ya se presentan las salidas, llegamos al fondo, y sólo queda empezar a salir. Estamos en una transición y, aunque nos ha llevado 200 años, se presenta el momento de empezar a construir el Estado permanente, que tenga como sus dos motores principales un diseño autonómico departamental y la inclusión de todos los bolivianos y bolivianas en calidad de iguales, y con igual acceso a las oportunidades.
Es un gran momento para dejar de lamentarnos por la opresión colonial o la pérdida del Litoral y concentrar la energía en los recursos humanos, en la gente, en esos potenciales emigrantes y darles condiciones para quedarse. Es un gran momento, tenemos la tarea de reconstruir la República. ¿A ustedes les gustan los retos?
Fuente: La Prensa
1) Para pesar de muchos, no se puede dejar atrás el Estado republicano por decreto.
2) Los niños siguen desfilando con escarapelas tricolores y no cuadriculadas.
3) La kantuta sigue tricolor.
4) No se incluyó la hoja de coca en el escudo nacional.
5) Todavía se mantienen las banderas departamentales.
6) Todavía siguen existiendo nueve departamentos.
7) Todavía hay Parlamento.
8) Existen estatutos autonómicos respaldados con el voto popular.
9) Todavía vendemos gas.
10) El superávit casi cubre la deuda pública.
11) Vamos a tener nuevo padrón.
12) El Presidente tendrá que aprender aymara o quechua para cumplir con la CPE (yo también).
13) Todavía existen al menos una docena de Quijotes que quieren tomar las riendas del país.
14) Hay pluralismo y juventud entre los candidatos.
15) No hemos roto relaciones con Perú.
16) Una mujer es Prefecta electa por el voto popular.
17) Todavía tenemos agua.
18) Todavía llegan turistas…
Hay muchas más cosas que festejar, son dos siglos de razones acumuladas y, aunque en algunos momentos puedan sentir que estamos retrocediendo, también hemos avanzado:
1) Antes había muchos bolivianos que no se identificaban con el Estado boliviano; hoy sí se identifican con él y debemos lograr que eso se mantenga más allá del turno de un gobierno.
2) Antes no nos preocupaba mucho la democracia; ahora que sus instituciones están en riesgo, la defendemos.
3) Antes no nos rasgábamos las vestiduras por la nación boliviana; ahora que hay 36 naciones y la boliviana no aparece, la extrañamos.
4) Antes éramos República, ahora también pero con más ganas.
5) Antes sólo nos interesaba el Estado para plantearle demandas, hoy nos interesa que sus instituciones funcionen.
Entre otros temas, es importante resaltar que la crisis se ha profundizado de tal forma que ya se presentan las salidas, llegamos al fondo, y sólo queda empezar a salir. Estamos en una transición y, aunque nos ha llevado 200 años, se presenta el momento de empezar a construir el Estado permanente, que tenga como sus dos motores principales un diseño autonómico departamental y la inclusión de todos los bolivianos y bolivianas en calidad de iguales, y con igual acceso a las oportunidades.
Es un gran momento para dejar de lamentarnos por la opresión colonial o la pérdida del Litoral y concentrar la energía en los recursos humanos, en la gente, en esos potenciales emigrantes y darles condiciones para quedarse. Es un gran momento, tenemos la tarea de reconstruir la República. ¿A ustedes les gustan los retos?
Fuente: La Prensa
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